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Las cosas malas de la vida


          Ser abandonado, perder a alguien querido, sufrir una ruptura, padecer una enfermedad… Hay tantísimas cosas malas que nos pueden suceder en la vida, que el sentimiento que nos sobreviene al pensar en ello es casi equivalente al que sufrimos cuando leemos el prospecto de cualquier medicamento.
            «No tiene que sucederme todo esto», nos decimos en un intento de consolarnos ante algo que se nos escapa: la “mala” suerte en la vida. Pero en realidad no lo sabemos… Quizás tengamos la suerte de no contar en nuestra vida con ninguna experiencia traumática, o quizás las vivamos todas y pensemos que nacimos con algún tipo de imán para atraer la negatividad personificada.
            Sin embargo, a pesar de la lógica que tiene no querer vivir malas experiencias, son precisamente estas las que más nos enseñan, y las únicas que nos hacen de verdad valorar las cosas buenas de la vida. La amistad, el cariño, la generosidad, una sonrisa, la paz, el amor… Son sentimientos que, si se viviesen todos y cada uno de nuestros días, carecerían de importancia y validez.
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            A veces pienso que no somos enteramente conscientes del objetivo que tienen las cosas malas de la vida en nuestra existencia. Cuando vivimos una mala experiencia, siempre tendemos a pensar que es el fin. Nos avocamos en un túnel sin salida, en un pozo sin fondo. Nos invade la oscuridad.
            Nada más lejos de la realidad. Las cosas malas de la vida siempre son inicios. Inicios de nuevas etapas plagadas de buenas experiencias. Así que si ahora mismo, leyendo estas líneas, estáis pasando por un mal momento, de la índole que sea, no penséis que es un fin, sino un nuevo inicio.
     El blanco no sería blanco si no existiese el negro, ¿no creéis? 
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