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Cuando el Amor se marcha con vuelta abierta


 

Porque cuando el Amor se marcha, queda un vacío más abstracto aún que el término. Tenemos durante un tiempo la sensación de que nos falta un brazo, una pierna, un ojo... Nos invade la soledad. 

Hace ya tiempo que tenía ganas de hablar sobre este tema. Las relaciones de pareja no son ya lo que eran. Pocas parejas duran toda la vida como antes, ni sin hijos ni con ellos de por medio. Nos hemos vuelto poco tolerantes al otro, poco dóciles. En la búsqueda de la independencia de la mujer, a los hombres parece también habérseles contagiado cierta adicción a la individualidad.

El respeto y la comunicación parecen estar de vacaciones forzadas y, sin ellos, la vida en pareja no puede seguir con la misma facilidad. Es así como el Amor comienza a desgastarse; es de esta manera en la que decide sacar un billete con vuelta abierta y desaparecer.

Lo más llamativo de su desaparición es la rapidez con la que lo hace. No suele despedirse, ni preparar maletas durante largo tiempo. Sólo se despedaza de golpe un día, se da cuenta de que no puede arreglarse, y se marcha.

Y probablemente lo más angustioso de todo no es su ipso facta ausencia, sino esa vuelta interrogativa, la espera del Amor restaurado de nuevo en nuestras vidas.

El tedio que genera la espera de ese Amor que nos permita amar y ser amados es muchas veces infumable. Algo que mucha gente desconoce es que los sentimientos están ligados y viven bajo el mismo techo. En numerables ocasiones, para tener uno debemos haber conseguido otro anteriormente.

Y eso, en definitiva, es lo que hace el Amor cuando se marcha. Dejar que el tiempo restaure otros sentimientos para definir la vuelta y no tener que marcharse de nuevo sin avisar.

Y es que, al final, el único fármaco que podemos recetarnos para curar nuestras heridas en profundidad es el Tiempo. No hay otro más eficaz.

INFANCIA

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Oler la hierba. Mojarse bajo la lluvia. Saltar sobre los charcos. Sonreír hasta que te duelan los mofletes. Dormir acurrucado a tus padres o a tu peluche preferido. Llorar porque no encuentras tu muñeco, porque se te ha roto una Barbie o porque un amigo te quitó tu mejor cromo o tazo. 

La infancia está llena de momentos mágicos que se recuerdan generalmente con cariño. Se recuerdan porque forman parte del pasado, de nuestro pasado, pero rara vez se les hace caso. 

Por lo general quedan como "momentos intocables" en la alacena de nuestra memoria y, además, parecen haber sucedido siglos antes (un saludo aquí a mis amigos "FILÓSOFOS"; ellos saben quiénes son) y no tener NADA que ver con lo que ahora somos.

Revivir esos momentos suele ser sinónimo de inmadurez, de "infantilidad". Hay un cierto pensamiento en la sociedad que nos dice que no podremos ser maduros hasta que no dejemos de comportarnos como niños. Pero, yo digo, ¿es necesario renunciar a todo comportamiento de niño? ¿Es realmente necesario renunciar a todas las cosas que nos llenaban, que nos hacían inmensamente felices, sólo porque éstas forman parte de la infancia?

No hace falta que me respondáis. La respuesta es más que evidente: NO. 

Renunciar a hacer todo lo que nos gustaba hacer de pequeños es renunciar a nosotros mismos. 

Recuerdo que un día, cuando estaba acabando la Educación Secundaria Obligatoria, entró un orientador a nuestra aula para tratar de despejar nuestras dudas y quitarnos algo de presión sobre qué estudiar y cómo encauzar nuestras vidas a partir de ese momento. Digo quitarnos peso porque para un estudiante de 16 años, que apenas ha vivido, decidir qué quiere ser es una responsabilidad tremenda. 

Me quedé de su discurso con esta frase: 
Para saber qué queremos hacer en nuestro futuro es de gran ayuda pensar en qué era lo que más nos gustaba hacer en el pasado. Os aconsejo que penséis en los juegos a los que solíais jugar, cuáles eran vuestros preferidos. Ahí tendréis la clave sobre qué hacer con vuestras vidas. 
Creo que ese fue un momento muy crucial en mi vida, porque por primera vez miré hacia mi infancia con añoranza y con la posibilidad de ver algo de ella reflejada en mi futuro. Recordé mis juegos, que básicamente consistían en sentar a mis peluches sobre la cama y explicarles asuntos de verdadera importancia, como sumar, restar o dibujar. Me vi leyéndoles cuentos y cuidando de mi nenuco con todo el amor del mundo. Y lo tuve claro. 

Ahora que soy maestra, ahora que enseño a niños y no a peluches, puedo decir que en mi presente tengo aún cierto reflejo de mi infancia. Este es mi consejo para vosotros. No perdáis nunca ese reflejo, esa similitud con vuestro pasado. De lo contrario, no habrá espejo en el que mirarse. 

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Cuando el amor viaja con vuelta abierta

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El silencio


El silencio nunca es silencio. ¿Qué es silencio? Es como describir el vacío. Pero no podemos decir que no existe. En efecto, el silencio existe, solo que nunca se habla sobre él, no se tiene certeza de qué es, no se concreta muy a menudo. Y muchas veces nos genera confusión. Se nos pierde en lo abstracto del término.

A mí me gusta decir que el silencio es el eco de nuestro ser. Como bien nos dice el mensaje de la fotografía, solemos tener miedo al silencio. Vemos en él una soledad indeseada, una pérdida de tiempo o, peor aún, el sentimiento de que no lo estamos administrando correctamente.

Pero en realidad dedicarse silencio es la mejor manera de conocerse a uno mismo. Taparse los ojos, la nariz, los oídos y la boca. Adentrarse en la burbuja de nuestra vida, de nuestra experiencia, es la mejor terapia. El mejor regalo que nos podemos hacer es un minuto de silencio. Y debemos hacerlo.

Guardad todos un minuto de silencio por vosotros mismos. Es la mejor forma de homenajearos. Por vuestro pasado. Por lo que sois ahora. Y por lo que estáis en camino de conseguir.  

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