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Despedida

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Nunca me han gustado las despedidas, y no es sólo porque sea una chica de lágrima fácil y sentimientos a flor de piel. 
No me gusta decir adiós porque pienso que la vida no es una línea recta, sino una continua espiral que, en cualquier momento, nos puede devolver un recuerdo, una persona o incluso un lugar. 
Por tanto, esto no es un adiós, es un hasta pronto. Es, más que nada, un agradecimiento y un reconocimiento. A lo que eres. A lo que has sido. Y también a lo que me has enseñado a ser. 
La soledad ha supuesto la mayor de tus enseñanzas. Aprender a convivir con ella ha permitido que, finalmente, pudiera escucharme aunque el miedo al silencio ganase al principio la batalla. 
También me has regalado momentos mágicos y amistades que, cuando se crean lejos de la familia, resultan tan cruciales e intensas.
Y, entre el ruido de toda esa compañía, me has seguido ofreciendo la soledad precisa para no olvidar mi yo más profundo. Para poder saborear desde la reflexión todas las experiencias vividas y permitir que cada día fuera una nueva lección. Para no perderme de nuevo en otra persona que no sea la que siente, piensa y redacta estas palabras. 
Gracias a ti he conocido el AMOR en mayúsculas hacia mí misma. Porque el amor egoísta es el primero de los amores que todos deberíamos alcanzar. Y, de la misma manera que se contruye un edificio, comenzando desde abajo, me has vuelto a construir. 
Gracias a ese cimiento, he podido conocer el amor verdadero, el concepto real y no el idealizado, no el dependiente, no el que yo durante tanto tiempo me había machacado en el cerebro. Me lo has puesto en el camino y ha resultado ser él y no otro el que en ese momento y en ese lugar resultaba el conjunto imperfecto perfecto para mi. Porque ambos somos, juntos, dos conjuntos menos imperfectos.
Además, he alcanzado uno de mis mayores sueños y me he topado con una clase idílica que siempre permanecerá en mi memoria y en mi corazón como el mayor ejemplo de respeto, amor, curiosidad y ganas de vivir. 
Me llevo tantísimo de ti y siento que te he dado tan poco que por ello no puedo decirte adiós, sino hasta pronto. Porque te compensaré. Lo prometo. Volveré a ti, a perderme y encontrarme constantemente en ti. Volveré a parar el tiempo caminando entre tus calles, sonriendo a la vida y descubriendo tus más secretos lugares. 
 GRACIAS, VALENCIA


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Cuando los defectos preceden al silencio

Hasta la persona más vanidosa del mundo sabe que, en el fondo, está llena de imperfecciones. 
Somos humanos, no máquinas. Las imperfecciones son nuestra razón de ser. 
Pero una cosa es reconocerlas uno mismo y, otra muy distinta, que te las señalen los demás. Más aún cuando esas imperfecciones descubiertas, esos defectos que marcan tu código de barras, tienen consecuencias. 
Que otros descubran tus defectos puede ser positivo. En ese caso, se sembrarán los cimientos de una buena relación. Porque en la tolerancia reside el amor, y viceversa. 
Pero cuando tus defectos quedan expuestos, y son difíciles de aguantar por las personas que te rodean, las consecuencias pueden ser nefastas. 
Y es que, el momento en el que las personas se alejan de tu lado debido a tus imperfecciones, la debilidad y la culpa pasan por tu mente. 
"Si ya sé cuál es mi fallo, ¿por qué lo repito?". "¿De qué sirve conocerse a uno mismo si no me puedo arreglar?". "¿Y si estoy diseñad@ para cometer una y otra vez el mismo error y ser consciente de ello?".
En definitiva, lo que nos importa verdaderamente no es paliar ese error, ni mucho menos la necesidad de ser perfectos. Ya nos hemos admitido a nosotros mismos con esas imperfecciones y estamos acostumbrados. La mayor preocupación que nos asedia es la posibilidad (bastante probable) de que vuelva a suceder. De volver a ver marchar personas de nuestra vida señalando con su dedo índice, acusadoras, aquellos defectos que les impiden continuar con cualquier tipo de relación con nosotros, y que nos catapultan a la casta más inferior y remota, aquella donde radica la soledad y la incomprensión. 
Algunos, algunas veces, utilizamos también nuestro dedo índice para recriminar a los que nos recriminaron, y recordarles que ELLOS TAMBIÉN SON IMPERFECTOS y que aún así tu les quisiste, les aceptaste, toleraste sus taras. 
Porque en todas las fábricas se cometen errores y todos sus productos siempre podrían ser mejores. 
Pero los dedos índice dejan el mismo sentimiento agridulce que conlleva a la resignación, a un estado de continuo fracaso en el que la frase estrella es: "Yo soy así, no puedo cambiar. No puedo caerle bien a todo el mundo. Ya habrá quien me aceptará".
Y en tu fuero interno aparece entonces esa gran preocupación de la que antes hablaba: "¿Y si los que me aceptan hoy dejan de aceptarme mañana? ¿Y si se acaba la tolerancia con respecto a mis defectos? ¿Qué hago entonces?
Y entonces... gana el silencio. 
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La importancia de disfrutar

No sé si haréis este ejercicio muy a menudo; a mí me ayuda a entender todo un poco más. Es un ejercicio muy sencillo que no necesita demasiado y finaliza, al menos en mi caso, con una entrañable sonrisa. Es el ejercicio de las casualidades.
Comienzo pensando en el principio de todo, el momento en el que vine al mundo. Qué sucedió y cómo para que yo naciese. Un hombre y una mujer se tuvieron que conocer. Un hombre y una mujer, cada uno con sus vidas, se juntaron en un instante que se convertiría en días, meses y años juntos.
Si esa casualidad no hubiese existido, tú no estarías aquí ahora leyéndome. Yo no estaría aquí ahora escribiéndote. Tú y yo no seríamos ni proyectos de futuro, ni ilusiones ni sueños.
Me gusta pensar en las casualidades porque me ayudan a entender que, a veces, no tenemos el control. Y que cuando no lo tenemos, las cosas tampoco tienen por qué salir demasiado mal. ¿O es que acaso saliste tú mal?
Mi madre no tenía el control aquel día que conoció casualmente a mi padre. Nadie le advirtió que conocería al hombre de su vida y por él cambiaría de ciudad, dejaría su trabajo, abandonaría su lugar. Probablemente el miedo le habría abducido de haberlo sabido. Pero lo desconocía. Y le conoció a él.
Probablemente sus sueños fueran otros, así como sus ilusiones. Pero aquella casualidad (mi padre) los desbarató todos.
Y es que, a veces, perder el norte es la mejor manera de conocer el resto de puntos cardinales.
Las casualidades nos recuerdan día tras día que no hay un camino fijo en el devenir de nuestros días. De ser así, lo construiríamos sin baches, sin curvas, sin túneles. Sería un camino monótono. Como conducir de Alicante a Galicia con un BMW automático. Insulso.
Es aquí cuando llega la gran reflexión. Estamos llenos de miedos. Miedo a qué pasará, qué será de mi vida, quién seguirá conmigo y quién no... "¿Seré feliz?". Nos centramos en un futuro lleno de casualidades que desconocemos, de curvas que aún no han sido construidas, de fallas que originarán nuevos baches y de túneles oscuros, muy oscuros. ¿Nos sirve de algo ponernos a estudiar todas las posibilidades que tenemos de estar en ese mismo camino dentro de 10 años? Sólo nos sirve para perder el tiempo y dejar de disfrutar.
Disfrutar. Eso es lo más importante. Es el aquí y el ahora lo que tenemos, rebosante de posibilidades, anhelante de casualidades. No lo dejemos escapar. 
No le pongamos al presente los cuernos con un futuro desconocido.
Disfrutemos. Encontremos el tiempo perfecto a todo y todo será perfecto. 
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Las historias


Cada segundo de vida esconde el inicio de una historia. Cuán aterradora o tierna sea, lo desconocemos. Es el devenir del tiempo quien nos muestra los giros que las cosas pueden tomar, las apariencias que las personas pueden dar y las consecuencias a las que cada acción nos puede guiar.
El problema es que a todos nos gusta ir rápido. A todos nos pudre el morbo de saber cómo va a acabar cada historia. El planteamiento de esta sólo nos mueve hacia el desenlace… Y el desarrollo de la misma nos importa más bien poco. Porque nos puede la curiosidad. Ansiamos saber si seremos felices, engañados, traicionados… O si, simplemente, no seremos.
Y es que ese es el peor de los desenlaces: un desenlace inexistente. Una historia sin él supone un desarrollo en el limbo… Un libro que no acaba, otro inicio que no aparece y el vago recuerdo de algún otro desenlace que, generalmente, no suele ser bueno.
El gran problema aquí es que no nos enseñaron que, igual que hay oraciones sin sujetos, también existen las historias sin fin. Porque lo realmente esencial en una historia es su protagonista. Y, a veces, la historia es demasiado buena como para acabar. 
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Construyendo trincheras...

Desde que nacemos, nos vemos involucrados constantemente en una sucesión de guerras o pequeñas luchas en las cuales a veces somos aliados, pero muchas otras, enemigos. 

Enemigos del sistema, de determinadas personas, del lugar en el que nos encontramos, o incluso de nosotros mismos. Sentimos que no hay trincheras suficientes para apaciguar tanto hastío, que los momentos de bonanza no pesan sobre los de lucha. O que, simplemente, no llegan. 

Son escenas en las que el sufrimiento, agobio, frustración y desolación se apoderan de nosotros. Y no encontramos el sentido, no hallamos la manera de salir de ese hoyo y restaurar la paz que un día nos arrebataron (o nos arrebatamos).

La paz que menciono se puede sentir y vivir de mil maneras diferentes. Puede estar en el canto de un pájaro, en un amanecer con buena compañía, en una taza de café o en un zumo de naranja. La paz está en todas aquellas personas y  momentos que nos envuelven en una gran trinchera.

En estos tiempos de luchas constantes, hay que saber construirse trincheras de vez en cuando y aislarse de todo lo que nos hace daño para disfrutar de la belleza que en todo momento nos envuelve, aunque entre el humo de la pólvora y la frustración de la batalla, ni tan siquiera la veamos. 
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Propósitos

No te lo propongas. No lo vas a cumplir. 

Ahórrate ese dinero en el gym, en terapias para dejar de fumar, en academias de estudios, clases particulares, en putas (los habrá que se propongan dejar de ser vírgenes... De todo hay en la viña del señor...). 

Iniciar años con proposiciones es como si de repente todos los políticos de este país decidieran devolver el dinero que nos han robado a día 1 de enero solo por "comenzar el año con buen pie"; o como si el pequeño Nicolás dejase de hacer de las suyas para ser un mortal más de la clase "ni-ni" que la ignorancia se ha atrevido a inventar. O sea, en términos comprensibles hasta para los seguidores de MHYV (Si no conoces las siglas eres un afortunado. Revísate el CI porque igual resultas un AC y tú por ahí sin saberlo...), imposible. 

La gente vive esperando cosas para hacer cosas. Nuestra vida se puede resumir perfectamente en eso: esperar algo para hacer algo. Acción, reacción. Esta es la esencia de nuestra existencia, y también el mayor de los errores que podemos cometer. 

Porque, ¿quién te ha dicho a ti, lector anónimo, que la acción está esperándote a la vuelta de la esquina? ¿Qué te has pensado que es esto, un videojuego en el que hay gente lanzando por ahí dardos o balas de acción para que tú reacciones? 

Imagínate a un tío que se dedique a eso (profesiones más raras se han visto). ¿Que hay un hombre gordo que no se mueve del sillón y ha dicho miles de veces de ir al gym pero su vagancia puede con él? Pues voy a meterle un supositorio de acción con un pequeño infarto. A ver si así se da cuenta de que lo que hay en sus venas son ríos y ríos de colesterol. 

Ahora imagínate que eso funciona. Que el gordo empieza a ir al gym, se siente espectacular, ayuda al consumismo renovando su armario y sube su autoestima estrepitosamente. Siempre dirá que ese "revés" que le dio la vida le hizo cambiar de hábitos. 

¿No hubiera sido más fácil y rápido haber sido consecuente desde el principio? ¿Necesitamos ese "revés" (el tío de los supositorios) para reaccionar? 

Así que si estás elaborando tu lista de propósitos, rómpela ahora mismo, quémala y tírala a la chimenea. No hay mayor propósito que ser protagonista de tu propia acción. 
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Reflexiones de fin de año

A los humanos nos encanta pararnos a reflexionar. Unos más y otros menos, todos reservamos alguna porción de nuestro tiempo para pensar: ¿Qué he hecho? ¿He aprendido algo? ¿De qué me ha servido lo que he vivido?. 

Estas preguntas cargadas de participios no son más que prólogos de nuestro futuro, cuestiones a la incertidumbre que nos aguarda, bien para enmendar errores o para no cometerlos nunca jamás.

Las reflexiones nos ayudan a entendernos y a reducir esa sensación de no poderlo controlar todo que nos invade desde el minuto uno de vida hasta la muerte.

Estamos rodeados de ciclos. Nuestra vida es uno de ellos. La historia es cíclica, la economía también. 

Por eso, hoy, día de reflexiones, os invito a que veáis que este no es el único espacio reservado a mirar hacia atrás. Que hay muchos más ciclos que nos invaden. Que los errores cometidos en marzo no tienen que esperar a diciembre a ser evaluados.

Feliz año y felices reflexiones a todos.
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Cuando te vas


Los hay que no tienen elección. Su huida es fruto de la desesperación por tener un futuro mejor.
Los hay que eligen. Y van tambaleándose, dudosos, sobre si hicieron bien o no. 
Seas del grupo que seas, tengas la edad que tengas, si te vas lejos de los tuyos sueles experimentar esto. Si no, qué suerte has tenido.

Cuando te vas de casa, de la casa de tus padres, de lo que hasta ahora era tu mundo conocido, todo empieza a cambiar. Se llama madurar. Aprendes que por más discusiones que tuvieras, los tuyos eran los tuyos; los nuevos jamás lo serán. 

Aprendes que lo que antes era tan normal, tan cotidiano, tan aburrido y tan asqueroso... Cuando estás fuera se transforma en "ojalá tuviera...", "cómo echo de menos...", "me encantaría estar allí".

Aprendes que a veces vas a estar solo y no vas a tener a nadie a tu lado. Y si lo tienes, nunca va a ser el mismo apoyo, lo mismo que has tenido hasta ahora. 

Lo peor de ese cambio, de ese inicio de estar fuera y lejos de los tuyos, es precisamente cuando te caes, cuando las cosas no van bien y todo se tambalea a tu lado. Le das vueltas a todo. Te cuestionas si hiciste bien yéndote o no. Te planteas volver. 

Pero aunque los tuyos sean los tuyos, aunque te sientas en casa, la vuelta no será igual. También ahí te sentirás en parte extraño, también añorarás tu libertad y el nuevo hogar. 

Yo lo llamo estar en el limbo del camino. En mi mente, se representa como un gran acantilado por delante y otro por detrás. Permaneces sobre una superficie pequeña, cuestionándote hacia dónde dar el salto. 

Se llama miedo. Miedo a lo desconocido, a salir de la zona de confort, en la que aunque no estés agusto, te sabes defender, te sabes manejar. Sabes lo que tienes y lo que no tienes. En cambio, dar el salto hacia adelante supone poder caerte. Supone descubrir que el suelo que vas a pisar es inestable. Consiste en asumir riesgos. Un riesgo que no asumiste al nacer, porque nadie te pidió que eligieras; eligieron por ti.
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No les escuches. No prestes atención a esas voces que te niegan, que te restan, que pretenden saber lo que ni tan siquiera tú sabes. No se lo merecen. No se lo han ganado.

Dedícate a descubrir. Descubre por qué estás aquí. Descubre por qué ese aquí, y no otro aquí, te identifica. Haz un descubrimiento nuevo cada día. Puede ser cualquiera; la importancia se la das tú. No permitas que otros decidan si el descubrimiento fue mayor o menor.
   
Aprende a decidir. Decide siempre, en todo momento y en todo lugar. Decide hasta cuáles serán tus sueños con los ojos cerrados. Y luego decide tus sueños conscientes. Decide lo decidible y controla lo controlable.

No intentes abarcar aquello que no cabe entre tus brazos, que no ocupa a tu cerebro o que no atañe a tu corazón. Es una de las llaves para abrir la caja de la felicidad.

Cuando te topes con asuntos en los que tú no eres el conductor, sé un buen pasajero. Disfruta del viaje. Observa el paisaje. Escucha música. Estudia a otros pasajeros. Déjate llevar. Déjate fluir.

No te restes ni te dividas. Si el resultado va a ser menor, no merece la pena. Multiplícate (pero no por cero), súmate (a otros, a ti mismo… No importa. Sólo realiza la operación). Opera sin descanso. No hay problema mayor que el que no precisa operación.

Y sobre todo y ante todo, nunca dejes de buscar. Siempre hay algo perdido, siempre hay algo que encontrar. 

Porque eso es la vida… una improvisación planificada, pero sin plan. 
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Querido Kit Kat:

Dicen que en la vida hay un número muy limitado de personas que ejercen un gran peso sobre ella. Que para bien o para mal, te influyen de tal manera que, tras conocerlas, siempre hay un antes y un después. Son las personas que yo denomino “kit-kat”, porque suponen como una pausa, temporal o larga, muy larga; y porque rompen la monotonía y la forma de ver la vida que llevas hasta ese momento.

Sean personas duraderas o pasajeras, están ahí por algún motivo. Aparecen también misteriosamente en el momento preciso, como si algo o alguien tramase el guión de la obra de teatro más grande de todos los tiempos: nuestra vida.

Las personas kit-kat que cambian tu vida para mal se convierten en enemigos, en las más horribles pesadillas, sobre todo cuando se ha acabado ese paréntesis y uno se queda que no sabe por dónde tirar, que no recuerda de qué camino venía ni por cuál debe continuar.

Sin embargo, todo tiene una razón de ser. Todo lo que nos sucede, sea para bien o para mal, son simples piezas que conforman el puzzle del Ying Yang, en el que siempre hay algo blanco en lo negro y, a su vez, algo negro en lo blanco también.

Porque es así; porque estamos subidos a una montaña rusa desde que nacemos. Y cada centímetro que recorremos sobre el vagón chirriante forma parte de una magnífica aventura.

Es cuando empiezas a entenderlo, cuando por fin sonríes ante la vida porque te has enamorado de ella, y no para que te envíe al amor que te mereces, cuando aparece ante ti ese kit-kat precioso de color blanco que mejora tu puzle.

Espero y deseo que tú, querido kit-kat blanco, seas parte de mi paréntesis más largo y que me acompañes, como mínimo, hasta el punto final de esta montaña rusa, que chirría menos contigo a mi lado.
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Si hay algo que...


… nos hace aprender, luchar, sonreír, llorar, arrepentirnos y superarnos a nosotros mismos, ese es el pasado. Mirar hacia atrás puede provocar una montaña rusa de emociones difícil de explicar. Y, contra toda frase hecha o consejo popular, mirar hacia atrás es necesario y siempre, siempre, inevitable. Aunque sintamos el alcohol penetrar en heridas abiertas y sólo queramos apartarlo. Aunque no encontremos porqués que justifiquen los acontecimientos.
Lo vivido en el pasado nos enseña a construir nuestra identidad (que no a cambiar nuestra personalidad), y nos invita a vivir un presente con más confianza hacia la vida y a tener la idea de un futuro más encauzada que la que habíamos tenido tiempo atrás.
Sin embargo, mirar al pasado a menudo encierra la posibilidad de entrar en el terreno pantanoso de los “y si…” y de los “qué hubiese pasado…”; grupos de palabras terriblemente peligrosos para que una mente mortal como la nuestra los pueda soportar. Grupos de palabras que encierran tanta incerteza e inseguridad como tirarse de un trampolín sin poder ver la piscina.  
Hay que evitar esto. Porque las posibilidades de un pasado diferente ya no pueden ser más que eso, posibilidades. Porque lo único que no podemos cambiar es, precisamente, nuestro pasado. Y porque pensar en ellas constantemente nos hacen cometer el segundo mayor error humano: vivir en el pasado; lo cual supone vivir en el parque de atracciones de las emociones de tu vida, estancarte en arenas movedizas de forma voluntaria y mirar el reloj del tiempo con indiferencia.
Como decía Lizzie Velásquez, tú eres el que llevas el volante de tu vida. Y yo añado que, a veces, es necesario mirar por el espejo retrovisor, pero que un camino siempre se sigue hacia delante.  

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Porque una imagen NO vale más que mil palabras...




El listado de frases hechas de nuestra cultura es extenso y rico en experiencias que te hacen aprender, pero no siempre es acertado. Y sucede que la cultura oral las toma tan al pie de la letra en muchos casos que, personas sin amplitud de mira, las interiorizan y absorben como si se tratase de una verdad absoluta científicamente probada.
“Una imagen vale más que mil palabras” es, en mi opinión, uno de los refranes más erróneo de nuestra cultura.
La conquista del medio audiovisual ha provocado que las palabras se vean abocadas a un segundo plano y, en algunos casos, carezcan de importancia para un número preocupante de mortales.
En primer lugar, cabría pararse a pensar unos segundos y comenzar a ser conscientes de que las imágenes —todas y cada una de ellas— están creadas a base de palabras. Una película no vería la luz sin una historia impresa detrás, o un guión cinematográfico. Un cómic o viñeta tendría menos sentido sin el soporte del texto.
Incluso un retrato expresa palabras en pinceladas, aquellas que pasaron por la mente del pintor mientras realizaba su trabajo.
Pero entonces, ¿por qué la mayoría de la población acepta esta frase, y prefiere mil veces una imagen a tener que leer mil palabras? Hay dos razones fundamentales: falta de imaginación y falta de tiempo.
La falta de imaginación va unida a la comodidad. ¿Para qué tener que pelar la fruta y masticarla si me la puedo tomar en zumo?
La falta de tiempo nos deja exhaustos en niveles imaginativos y nos hace ser cómodos a niveles extremos. ¿Tras una dura jornada de trabajo, me voy a poner a leer? ¿Si llevo todo el curso estudiando, voy a dedicar este verano a pasar páginas y páginas?
Y así es como las palabras, las pobres, van siendo olvidadas.
En este post os animo a que dediquéis un poquito de tiempo, sólo un poco, a pensar sobre la importancia de las palabras en nuestra vida diaria. Todos los sentimientos del mundo se pueden expresar con ellas. Y si nos lo proponemos, podemos sentir lo que nos quieren decir.
Porque una sola palabra puede expresar la imagen que tú te quieras crear. 



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El miedo


Si hay un sentimiento difícil de controlar y superar, ése es el miedo. Los seres humanos tenemos miedo a todo: a lo nuevo y desconocido, a repetir errores pasados, a perder a nuestros seres queridos, a quedarnos solos.
El miedo forma parte de nuestras vidas desde que tomamos consciencia de lo fácilmente manipulables que somos para el destino. La mayor parte de las cosas que nos suceden en la vida escapan a nuestro control. Sí que es cierto que contribuimos en mayor o menor medida a que sucedan, pero nunca somos autores principales de ello.
El miedo a lo desconocido y a lo nuevo nos recuerda esto en letras mayúsculas. Cuando al fin nos sentimos a gusto en el entorno que nos rodea y empezamos a estar seguros, el acontecimiento más trivial provoca un giro de 360º y nos obliga a enfrentarnos de golpe a nuevas situaciones y a nuevas personas.
Es comprensible que el miedo nos invada. En la teoría, lanzarse a la piscina cuesta poco de decir. No vamos a sufrir un corte de digestión o una lesión por el simple hecho de decirlo. En la teoría impera la valentía. Es en la práctica cuando surgen los “Y si…”.
Hace poco vi una película, “Cartas a Julieta”. De ella quiero destacar el siguiente fragmento. A alguien más pareció llamarle la atención, pues lo he encontrado tal y como quería en Youtube:


Siempre hemos de ser capaces de bloquear nuestros miedos. Darles demasiado protagonismo es dejarles que vivan por nosotros.
Y en tu vida, el único protagonista eres tú mismo. 

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Las cosas malas de la vida


          Ser abandonado, perder a alguien querido, sufrir una ruptura, padecer una enfermedad… Hay tantísimas cosas malas que nos pueden suceder en la vida, que el sentimiento que nos sobreviene al pensar en ello es casi equivalente al que sufrimos cuando leemos el prospecto de cualquier medicamento.
            «No tiene que sucederme todo esto», nos decimos en un intento de consolarnos ante algo que se nos escapa: la “mala” suerte en la vida. Pero en realidad no lo sabemos… Quizás tengamos la suerte de no contar en nuestra vida con ninguna experiencia traumática, o quizás las vivamos todas y pensemos que nacimos con algún tipo de imán para atraer la negatividad personificada.
            Sin embargo, a pesar de la lógica que tiene no querer vivir malas experiencias, son precisamente estas las que más nos enseñan, y las únicas que nos hacen de verdad valorar las cosas buenas de la vida. La amistad, el cariño, la generosidad, una sonrisa, la paz, el amor… Son sentimientos que, si se viviesen todos y cada uno de nuestros días, carecerían de importancia y validez.
     ¿Por qué en mitad de una guerra siempre se descubren nuevos artistas?
            A veces pienso que no somos enteramente conscientes del objetivo que tienen las cosas malas de la vida en nuestra existencia. Cuando vivimos una mala experiencia, siempre tendemos a pensar que es el fin. Nos avocamos en un túnel sin salida, en un pozo sin fondo. Nos invade la oscuridad.
            Nada más lejos de la realidad. Las cosas malas de la vida siempre son inicios. Inicios de nuevas etapas plagadas de buenas experiencias. Así que si ahora mismo, leyendo estas líneas, estáis pasando por un mal momento, de la índole que sea, no penséis que es un fin, sino un nuevo inicio.
     El blanco no sería blanco si no existiese el negro, ¿no creéis? 
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La mentira


              En un mundo más justo y oportuno, la mentira debería ser el octavo pecado capital. Tanto si es piadosa como si es infringida, desemboca en un dolor agudo difícil de subsanar.
            Se sabe bien poco acerca de la mentira y de sus orígenes — ¿Quién fue el primero en usarla? ¿Quién, por consiguiente, la inventó?— También acerca de su metodología — ¿Quién la dio a conocer y la hizo extender como la pólvora?
               El hecho es que apareció y se puso de moda casi al instante.
            La mentira tiene la capacidad de hacernos quedar como héroes, de no herir a personas queridas, pero también de herirnos a nosotros mismos. Y el problema es que las líneas que separan las diferentes consecuencias de la misma son tan finas y quebrantables, que un día podemos estar convencidos de haber hecho el bien y otro, lamentándonos por el giro de los acontecimientos.
            Sin embargo, y a pesar de las experiencias pasadas, continuamos utilizándola muy a menudo para aparentar ser lo que no somos. La mentira es la mayor tapadera creada para el mayor miedo humano: el miedo a ser rechazados.
            Es otro error común de los humanos: crear herramientas enormes para ocultar sentimientos más pequeños. Y al final, nos encontramos con capas enteras de protección que mantienen nuestro corazón intocable, pero también la posibilidad de llegar al de otros.
            La transparencia, en todos los ámbitos, es la única manera de vivir y experimentar con claridad, sin dañar ni ser dañados.
            Es importante valorar la importancia de no dañar. Si cada sujeto lo hiciera, no habría tema del que hablar. 
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Ya vienen los Reyes


A estas horas, muchos niños y niñas están ya acostaditos, esperando que los Reyes les traigan sus regalos esta noche, y poderlos desenvolver mañana temprano. 

Recuerdo esos años de inocencia con una sonrisa dibujada en el rostro... La sensación que te invadía al abrir los ojos con los primeros rayos de sol (o quizás antes), sabiendo que uno o varios regalos aguardaban a que los abrieses era indescifrable. Levantarse descalza y andar de puntillas hasta los zapatos, despertar a los papás llevándoles a la cama sus respectivos regalos...

Algunos años recibí cartas de respuesta de los reyes magos. Para mí era un gesto que me llenaba de orgullo, y algo de lo que presumir en los recreos del colegio. Mi orgullo iba a más cuando el resto de mis compañeros me contaban que no habían recibido ninguna nota por su parte...

Quizás fuera porque yo, en mis cartas, solía pedir dos o tres regalos como máximo. Siempre fui una niña considerada y empática, por lo que me invadía una sensación tremenda de tristeza al pensar en los pobres tres reyes ataviados con todos mis caprichos y cruzando el desierto en sus lentos y cansados camellos. No lo podía tolerar. Así que intentaba pedirles lo mínimo posible para no molestarles.

Hace dos post, hablé sobre los sueños y su importancia. Cuando estos sueños van ligados a la infancia, son más importantes si cabe, pues constituyen la base de lo que esa pequeña personita será en un futuro.

Hoy pienso en todos los niños que esperan regalos. Sobre todo pienso en aquellos que esperan regalos pero no los van a tener. Quizás una carta en respuesta de los Reyes Magos sea suficiente para ellos; quizás con el tiempo entiendan que, cuando los sueños no vienen cumplidos por arte de magia, hay que salir a la calle a cumplirlos.

Y os dejo con un vídeo como reflexión. Al final, los niños siempre nos enseñan más que nosotros a ellos. Feliz noche de Reyes Magos a todos, tanto a los que tendrán regalos mañana como a los que no. Espero que quienes se queden con las manos vacías recuerden que aún cuentan con dos manos para dar el regalo gratuito más importante de todos: un abrazo.


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Sueños

Fuente de la imagen: www.cancionesmudas.blogspot.com
Sin sueños, la vida carecería de absoluto sentido. Puede haber existencia sin ellos, pero sería tan banal, tan monótona, tan aburrida… Que no se podría escribir sobre ella. Desde luego, y llegados a este punto, puedo afirmar casi rotundamente que sin sueños no habría escritores, no existiría la literatura, y tampoco la imaginación.
Resulta intrigante el poder que tenemos en el mundo. Sobre nosotros y sobre los demás. Podemos guiar una parte de nuestras vidas. Los sueños, además de ser efímeros, difíciles de alcanzar y tornar reales, son, contradictoriamente, nuestro mayor signo de estabilidad y seguridad. Porque es lo único que realmente podemos controlar. Lo único que depende directamente de nosotros mismos, de nuestra voluntad, predisposición y valentía para hacerlos realidad.
Hay quien no es consciente de ello y culpa a agentes externos de sus errores o fracasos. Estos agentes pueden ser otras personas o, mucho más místico, sucesos o acontecimientos recibidos de manera fortuita. No pueden estar más equivocados. Además, sus pensamientos se transmiten a otros y, generalmente, quién piensa esto está relegado al fracaso y a la infelicidad, o a la imposibilidad de alcanzar jamás un atisbo de felicidad.
En esta vida, sólo nos pertenecen los sueños. En definitiva, todos somos sueños realizados de otras personas. Por esta regla de tres, los nuestros están a un paso de formar parte de la realidad.  Sólo depende de cuánto creamos en nosotros mismos. 

Y el mayor bien es pequeño
que toda la vida es sueño
y los sueños,
sueños son.
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Cuando quieres estar sol@

Sentimiento contradictorio donde los haya. Posiblemente habrá gente que no padezca esta sensación y, oye, qué bien por ellos. Les felicito. Porque ésta es una prueba más de que el ser humano es incomprensible por naturaleza.
Por mucho que nos lo neguemos, la soledad no es nuestro punto fuerte. Nadie se hace famoso en soledad. Nadie conquista el éxito en soledad. Nadie se siente amado en soledad. Y nadie ama en soledad.
Sin embargo, a veces sentimos esa necesidad irrefrenable de estar con nosotros mismos. De “conocernos” mejor. De pensar en nuestras cosas. De estar solos.
Nos disponemos a ello apagando todos nuestros dispositivos electrónicos, desconectando cualquier medio tecnológico que nos haga entrar en contacto con nuestra vida real.
Y pensamos. Y escuchamos música. Vemos películas. Nos vamos de viaje. Leemos un libro. Repasamos fotografías del pasado. Existen infinidad de opciones para perderse en uno mismo y sumirse en la soledad.
Pero esto cansa pronto. ¿De qué sirve conocerse a sí mismo si no te puedes dar a conocer a los demás? Y entonces surge la pregunta que ha estado viviendo en nuestro subconsciente desde el inicio del «quiero estar sol@»: «¿Se habrá acordado alguien de mí?»
Y encendemos los móviles en busca de whatsapp y llamadas perdidas, consultamos el correo electrónico esperando encontrar e-mails completos de preocupación.
En el mejor de los casos, sonreímos ante algún mensaje de amigos/familiares y respiramos. En el peor de los casos, nos entra una angustia horrible.
Porque el denominado “quiero estar sol@” no es, en realidad, una afirmación. En el fondo es la pregunta más curiosa, terrible y enigmática que todo ser humano se pronuncia al menos una vez en su vida.
“¿Estoy sol@?” 

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