Momentos trampolín
Historias breves ilustradas
Vidas a sorbos
UNA NUEVA FAMILIA
El niño miró durante unos segundos el sombrero y volvió a dirigir la mirada a un Pedro impaciente y hambriento al tiempo que negaba con la cabeza.
LEYENDA DE LA ISLA DE BENIDORM
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LA LEYENDA DE NARCISO
EL AMOR Y LA LOCURA
Cumpliendo 22 años hoy...
Había una vez una princesa que no quería crecer. Sabía que hacerse adulta significaba tener más responsabilidades, empezar a enseñar en lugar de sólo aprender, llorar por motivos más preocupantes que porque se le hubiera caído su almuerzo favorito en el patio, y enamorarse de un príncipe.
No quería tener responsabilidades porque nadie quiere nunca tenerlas, tampoco pensaba que fuera a ser capaz de enseñar nada (¿qué iba a enseñar ella sobre la vida, si siempre habría gente más sabia y experimentada?). Por supuesto, se negaba a llorar constantemente por la falta de dinero, por no encontrar un trabajo, por no tener una casa. Y odiaba el pensar que alguna vez tendría que casarse con un príncipe. ¡Qué asco!
Pero sucede que esta princesa, por mucho poder que tuviera, no consiguió burlar al tiempo, y los años fueron pasando sobre ella igual que sobre el resto de la humanidad. Y llegó un año, ni muy lejano ni muy cercano, en que la princesa miró hacia atrás y sonrió. Se alegró de haber crecido, de haber madurado, porque todo ello suponía conocer cosas nuevas y gente diferente.
Recordó a todos sus amigos de la infancia: Alicia, Maite, David Moreno, Francisco, Álvaro, Jose Manuel, Eduardo, Laura, Gema...
Recordó a sus amigos/as del instituto: Cristina Sánchez, Marian, Lorena Moreno...
Recordó a sus amigos/as de la universidad: Sheila, Inma, Laura...
Recordó a todas aquellas personas que habían estado ahí cuando realmente necesitaba apoyo.
Y aprendió que la edad es la mejor maestra del planeta, y que ahora, con lo que ha vivido, ya tiene algo que enseñar.
La estrella de los yayos
CARTA A TODOS LOS PADRES
Os he dedicado los primeros llantos y risas. Recuerdo que mis primeras palabras en este mundo fueron “papá” y “mamá”. Me habéis dado de comer cuando yo no podía y me habéis enseñado a hacerlo solo/a cuando aún no sabía. De vosotros he aprendido que en la vida es más importante tener buen corazón que buen físico. También, que con la verdad se llega a todas partes, mientras que con la mentira no se va a ningún sitio. Que antes de hablar siempre hay que pensar y que sólo si sabes guardar secretos, tendrás amigos.
Me habéis enseñado tantas cosas, papás...
Pero ahora tengo que seguir mi camino solo/a. Sé que aún soy para vosotros un/a niño/a, pero sabré hacerlo, no os preocupéis. He tenido unos grandes maestros.
Y si me caigo, me levantaré. Recordad que aprenderé más de mis errores que de los vuestros.
Tenéis que saber que probablemente me distancie un poco de vosotros. Es lógico, nuestros caminos serán distintos. Ello no significa que os quiera menos, al contrario. Ahora más que nunca debéis demostrarme todo vuestro amor.
Me gustaría que me ofreciérais vuestra opinión sobre los pasos que voy tomando en mi vida, pero no intentéis conducirme, porque entonces no querré escucharos.
Quisiera que escuchárais todos mis problemas y preocupaciones y recordárais que, aunque ahora os parezcan tonterías, hace unos años también eran muy importantes para vosotros.
Necesito que reconozcáis mis logros y propósitos conseguidos y estéis orgullosos de vuestro/a hijo/a. No hay nada que me haga más feliz.
Sé que a veces no me comportaré como debería. Es normal, ser adulto no resulta sencillo. Ofrecedme segundas oportunidades.
No me llaméis constantemente para saber dónde estoy. Me agobiaréis. Recordad qué bien os sentaba disfrutar de la libertad cuando teníais mi edad.
Tampoco insistáis en que os cuente lo que he hecho. Demostradme confianza y lo haré sin necesidad de que lo pidáis.
Entiendo que para vosotros no será fácil, pero tampoco lo será para mí. Recordad vuestros errores y confiádmelos. También puedo aprender de ellos.
No os quedéis en el “no”. Ofrecedme argumentos.
Ahora más que nunca el término “empatía” cobra todo su significado. Aplicadlo conmigo y yo lo aplicaré con vosotros.
Un abrazo muy fuerte de vuestro/a hijo/a, que os quiere muchísimo.
Chat
Llega a casa sudando, con el pelo despeinado, la cara sonrosada y prácticamente sin aire para respirar. Su madre la espera en la cocina. Quiere hablar con su hija, sentir que sigue siendo una niña.
Pero Carla está harta. Ella ya es adulta, no hay que explicarle nada. Ella ya lo sabe todo. Es adulta, joder. Qué empeño en verla aún como una simple niña.
Corre hacia su habitación y enciende el ordenador. Allí está segura. Desde aquel ordenador tiene contacto con el mundo, pero está protegida. Está protegida.
Se conecta al chat. "Samurai" la está esperando.
- Hola preciosa. ¿Cómo estás?
- No muy bien. Mi madre, como siempre... ¿Y tú?
- Bien. Ahora mejor, que estoy hablando contigo.
Carla sonríe. Él sí la entiende. Es el único que sabe cómo tratarla, cómo hablar con ella, cómo dominarla. Han quedado para verse en persona. Ya llevan cuatro meses chateando por las tardes, ya lo saben todo de sus vidas. Es el hombre perfecto para ella y tiene que conocerlo, desea conocerlo. Él tiene 20 años, ella 17.
Carla le propone tomar un café en un lugar público, pero Samurai quiere más intimidad:
- Allí no podremos hablar con tranquilidad. Yo tengo coche. Conozco un sitio alejado donde nadie nos molestará. ¿Qué dices?
Pues que sí, Carla acepta otra vez, engatusada por la labia y el saber hacer de Él, que ya es casi como un Dios, una divinidad hasta ahora inalcanzable a la que va a poder tocar y quizás besar al día siguiente. La inocente emoción de sus 17 años de edad la embriaga completamente y toda la noche la dedica a decidir qué ponerse, qué peinado hacerse, cómo maquillarse. Le enseña sus modelitos a Samurai por la webcam y él, alardeando de nuevo de su poder de convencimiento y dominación, le dice que está preciosa igualmente, que todos los modelos le gustan, que no hay una mujer como ella, que es una Diosa.
Carla se despide de Samurai sonriendo, sintiéndose importante, grande. Se acuesta en la cama pidiendo a un dios minúsculo e indiferente que la noche pase pronto y llegue por fin el momento esperado. Mientras, al otro lado de la banda ancha, un Samurai de 48 años de edad sonríe malicioso.
En los próximos días, Carla será notícia en el periódico. Otra víctima adolescente.
Marcos y el lago
Marcos contemplaba el lago con los ojos muy abiertos. En el agua, se reflejaban infinidad de estrellas. Una sonrisa dibujó su rostro sonrosado y mofletudo de ocho años de edad.
Rápidamente, corrió a su casa y nadando en la silenciosa oscuridad de la noche, logró rescatar la caña de pescar con la que acompañaba a su padre todos los domingos.
Se acercó de nuevo a la orilla del lago y, con sumo cuidado, introdujo el anzuelo en el agua estrellada.
Ya casi estaba amaneciendo y Marcos no había pescado nada. Con temor a que su madre se hubiera percatado de que el bulto que había bajo las sábanas era una simple almohada y no su amado hijo, Marcos decidió volver a casa, arrastrando los pies y, con ellos, su inocente alma.
El temor se confirmó cuando, al llegar a la casa, divisó a su madre en el marco de la puerta, ataviada con una bata roída por los años y sujetando una vela casi tan deshecha como su corazón:
- ¡¿Dónde te habías metido, hijo?! ¡Estaba preocupada! -le recriminó en cuanto estuvo lo bastante cerca.
- Lo siento, mamá. Estaba pescando... -contestó él, titubeando en susurros casi inaudibles.
- ¿Pescando a estas horas de la madrugada?¿Sin luz?¿Y qué pensabas pescar, eh, tonto?
Marcos se echó a llorar en un berrinche infantil sin igual. La madre, arrepentida por su actuación, retrocedió y recobró su dulzura natural, abrazándole y acariciándole el pelo con mimo.
La madre, sorprendida y acongojada al escuchar el tierno testimonio de su hijo, rompió a llorar en otro berrinche frustrado. Marcos interpretó el llanto por tristeza al no haber pescado la estrella y aquello le dio más fuerzas para continuar:
― No te preocupes, mamá. Ya pasó. Mañana por la noche, cuando las estrellas vuelvan a bajar al lago para darse el baño, estaré allí aguardando. Ya pasó. Ya pasó.
Ejercicio
- ¿Me gusta escribir? ¿Qué es lo que me gusta más de escribir? ¿Y lo que me gusta menos?
Me encanta. Lo que más me gusta de escribir es que puedo componer cualquier historia, puedo expresar mediante esa historia un problema cercano, o lejano. Lo que menos: en un primer momento, tener que dedicar tiempo a mejorar el texto (aunque nunca lo consiga del todo). Con el tiempo, hasta eso me ha empezado a gustar.
- ¿Escribo muy a menudo? ¿Me da pereza ponerme a escribir?
Sí, escribo muy a menudo. Aunque estaría mintiendo si dijera que no me da pereza ponerme a escribir. Hay días en los que no me apetece ni eso.
- ¿Por qué escribo?
Buf, menuda pregunta. Pienso que porque es una manera de soñar, de evadirme de la realidad y, a pesar de que la historia no tenga nada que ver conmigo, también es una manera de encontrarme conmigo misma, de ver mis progresos y mis límites.
- ¿Qué escribo? ¿Cómo son los textos que escribo? ¿Qué adjetivos les pondría?
Escribo de todo. Puedo escribir un pensamiento pasajero, una reconstrucción de un sueño, una historia surgida a partir de una conversación que haya escuchado en el autobús,...
Yo pretendo que mis textos sean aptos para todos los públicos, sin demasiados tecnicismos ni frases enrevesadas. Me gusta ir directa hacia el mensaje que quiero transmitir y, sobre todo, adoro tratar temas de actualidad y conflicto.
Pero claro, todo esto es lo que quiero transmitir. De ahí a que realmente lo transmita hay un abismo...
- ¿Cuándo escribo? ¿En qué momentos? ¿En qué estado de ánimo?
Cualquier momento me resulta bueno para escribir. He llegado a escribir en momentos en que las lágrimas me empapaban tanto el rostro que casi ni podía distinguir las letras. Pero también he escrito enfadada, eufórica, triste, nostálgica,...
- ¿Cómo trabajo? ¿Empiezo enseguida a escribir o antes dedico tiempo a pensar? ¿Hago muchos borradores?
Depende. No funciono siempre de la misma manera. Hay tramas que tardo mucho tiempo en construir (y en las cuales siempre me dejo algún cabo suelto). Pero también he escrito muchísimas veces a partir de una frase que me había venido a la cabeza, o símplemente me he dejado llevar. Generalmente no suelo pensar mucho las historias antes de escribirlas, porque si les dedico mucho tiempo al final terminan únicamente como borradores.
- ¿Qué equipo utilizo? ¿Qué utensilio me resulta más útil? ¿Cómo me siento con él?
Lo mismo que en la pregunta anterior. Puedo utilizar una libreta, como una hoja en sucio, como el ordenador,... Depende del sitio y el momento en los que me encuentre. No tengo manías. Con todos los recursos me siento bien.
- ¿Repaso el texto muy a menudo? ¿Consulto diccionarios, gramáticas u otros libros?
Sí lo repaso, pero en pocos he llegado a consultar diccionarios, gramáticas,... Símplemente lo leo varias veces para corregir alguna falta de ortografía y de expresión, aunque siempre queda incompleto.
Quizás debería reforzar más este punto. Tengo imaginación, pero me falta expresión (y todo lo que ello conlleva). Bueno, el primer paso es reconocerlo, ¿no?
- ¿Me siento satisfecho/a de lo que escribo?
No siempre. Pero con la mayoría me queda un buen sabor de boca. Siento que he hecho algo. Seguramente no estará a la altura, no estará perfecto, pero al menos lo he intentado. Para mí cada nuevo relato es un nuevo reto, un escalón más hacia mi sueño.
- ¿Cuáles son los puntos fuertes y los débiles?
La verdad, no lo sé. Supongo que mis puntos fuertes son que poseo mucha imaginación y empatía. Tengo muchísima facilidad para meterme en la piel del otro, y eso puede ser muy útil a la hora de tratar a un personaje.
Mis puntos débiles creo que son que soy muy rápida a la hora de actuar. Me gusta ver los resultados ya, y no dedico el tiempo suficiente para perfeccionar el proceso hacia esos resultados. Debería ser más pausada, tomármelo con más calma.
- ¿De qué manera creo que podrían mejorar mis escritos?
Ya lo he contestado en la anterior pregunta.
- ¿Cómo me gustaría escribir? ¿Cómo me gustaría que fueran mis escritos?
Pues me gustaría escribir correctamente, no cometer tantos fallos, que no fuera tan sencillo "desmontar" algo escrito por mí. Me gustaría que llegasen a todo el público (ya lo he dicho), que mis lectores se sintieran identificados con el personaje de las historias,...
- ¿Qué siento cuando escribo?
Siento tranquilidad. Me siento bien conmigo misma. Como quien realiza un acto benéfico. No sé muy bien cómo explicarlo.
- ¿Estas sensaciones afectan de alguna forma al producto final?
Supongo que sí. Bueno, espero que sí.
- ¿Qué dicen los lectores de mis textos? ¿Qué comentarios me hacen más a menudo?
Hay opiniones de toda clase. Pero la mayoría de ellas han sido positivas. Me he topado con lectores a los que no les ha agradado mucho el texto, pero que aún así han dedicado un tiempo a realizar una crítica constructiva sobre él; y a otros con los que les ha encantado y, sin embargo, no han realizado ninguna puntualización, ningún aspecto que convendría cambiar en el relato para mejorarlo.
- ¿Los leen fácilmente? ¿Los entienden? ¿Les gustan?
Yo pienso que sí. Seguro que ha habido algún texto que no ha entendido mucha gente, pero generalmente soy bastante llana a la hora de escribir, por lo que no creo que el lector tenga problemas para comprender lo que escribo, precisamente.
- ¿Qué importancia tiene la corrección gramatical del texto? ¿Me preocupa mucho que pueda haber faltas en el texto? ¿Dedico tiempo a corregirlas?
Tiene mucha importancia si tu sueño es publicar algún cuento o novela algún día. Si mi aspiración es esa, para mí es muy importante que mis textos estén correctamente escritos, y me interesa mucho el tema. No sólo a nivel de faltas de ortografía o gramática, sino también de expresión.
- ¿Me gusta leer? ¿Qué leo? ¿Cuándo leo?
Me gusta leer de todo, aunque prefiero aquellas novelas con enseñanzas sobre la vida, aquellas que tiran más por la rama de la filosofía. Por ello me encanta Paulo Coelho.
Pero también leo fantasía, novela negra, aventuras, cómic, infantil, romántica,... No tengo manías.
- ¿Cómo leo: rápidamente, con tranquilidad, a menudo, antes de acostarme...?
Suelo leer rápidamente aquello que menos me interesa (creo que esto nos pasa a todos), pero cuando leo algún libro que de verdad me tiene enganchada y me interesa, suelo leer muy tranquila, como si estuviera saboreando cada letra impresa. El momento en el que leo varía depende de las cosas que tenga que hacer en el día. Puedo leer en el autobús, antes de acostarme, al levantarme, mientras desayuno,...
El día que decidí dejar de ser escritora
Después de este tiempo sin actualizar el blog, siento que me falta algo. Necesito opiniones, leeros y charlar con vosotros. Muchas gracias a todos los que comentaron mi anterior post de despedida, y gracias también a los lectores que se han apuntado a seguir mi blog a pesar de estar ausente. Os dejo un relato que escribí hace unas semanas. Espero que os guste.
El día que decidí dejar de ser escritora dejé de vivir. Mi esencia se esfumó con la pluma, su tinta y mis últimos escritos por el cubo de la basura. Até bien la bolsa, negra, preparada para el entierro y la deposité en una fosa común donde yacen las penas del alma; también las almas en pena.
No me separé de la fosa en toda la tarde, esperando que alguien llorara en aquella improvisada tumba. Pero nadie lo hizo.
Los pájaros siguieron cantando, los vecinos discutiendo, los niños jugando, … Nada había cambiado, salvo que existía un alma menos en el mundo.
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Al caer la noche, una niña se arrodilló junto a mi tumba. Pensé que por fin alguien había reparado en la pérdida de mi alma, que alguien lloraría mi ida. Pero no. Aquella niña cruel arañó la bolsa negra y extrajo todo su contenido. Estuvo unos minutos, quizás horas, leyendo mis textos. Yo la observaba sentada sobre las cenizas de mi vida.
De espaldas a mí, la niña sentada, con las piernas cruzadas, leyendo mi alma desnuda. Mi cuerpo, rígido y testigo, observando sus cabellos dorados rozando las viejas páginas de mi memoria.
Aquel escenario habría dado para otra historia. Lo habría hecho si mi alma aún fuera mía y no de aquella niña, desenterradora de sentimientos.
Lentamente, la profanadora de almas perdidas se giró y descubrió un cuerpo inerte que la observaba. Su rostro, blanco y lúgubre, también habría dado para una historia de terror. Sus mandíbulas se ensancharon, sus ojos enrojecieron, su cuerpo entero tembló. Y de pronto me encontré delante del temido diablo.
—Una buena oferta, sí señora. Hace años que no encuentro un alma tan sana.— sus palabras desgarraron mis sentidos.
Quise hablar, pero mi cuerpo inerte no escuchó. Resultó que sin alma estaba muerta en vida y las palabras que emanaban de mi boca no eran las deseadas. Solté elogios sin quererlo y zanjé un trato sin lágrimas en los ojos.
Perdí mi alma pura de escritora. Sin embargo, me hice famosa. Mis historias se leían en todo el mundo, pero yo no podía leerme. Yo no era yo; era una escritora que había vendido su alma al diablo.
Al diablo editorial.
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