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Momentos trampolín


Hay momentos en la vida en los que necesitas un soplo de aire fresco que, de repente, te ponga en bandeja la clave de tu infelicidad, el ingrediente que te falta para comenzar a cambiar, o ese sueño anhelado que un día desapareció de tus objetivos y permanece guardado en algún cajón recóndito del alma. 
Yo los llamo momentos trampolín. De pronto, puedes ver el agua de la piscina. No olvidas la distancia que os separa, ni los riesgos que pueden suceder… Pero miras el agua y eres consciente de que está ahí. Tu meta está ahí. Y sí, todo puede salir mal, pero… ¿No habrá salido todo mal igualmente si te quedas toda la vida sobre ese trampolín?
El principal problema de ese salto tan peliagudo no es el salto en sí. Ojalá y lo fuera… Sólo habría un obstáculo que superar.
El mayor problema de todos es que, mientras te esfuerzas por superar tus propios miedos y lograr alcanzar TU meta (porque es sólo tuya y de nadie más), otros se encargarán de recordarte los riesgos, de minarte las ilusiones, de impulsarte al fracaso porque, sencillamente, no pueden entender que seas capaz de lograrlo.
No lo entienden porque ellos en su día también estuvieron en aquel trampolín, también se plantearon saltar, también sufrieron la presión de otros que no habían saltado, y acabaron retrocediendo y bajando las escaleras del trampolín con la cabeza gacha, creyendo que detrás de ellos estaba la realidad, y no delante, sobre aquella agua cristalina.
Ya dije hace algún tiempo, en un post sobre los sueños que escribí, que en esta vida sólo ellos nos pertenecen. Si dejamos que otros los destruyan, habremos destruido nuestro sentido en el mundo. Piensa que alguien debió soñar contigo para que hoy existieras. Fuiste un sueño para dos personas (o quizás más), y ahora eres realidad.
Así que vuelve a mirar el agua de la piscina. Tiene la temperatura ideal. Aprovecha este momento y salta. Salta ya. Mójate de realidad.  

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Historias breves ilustradas

Como ya comenté en el post anterior, una imagen no vale más que mil palabras. Pero, ¿y si esta imagen conllevase también unas cuantas? El resultado sería una pequeña historia ilustrada. Es jugar a adivinar lo que el fotógrafo quiso decir. Jugar a inventar que fuimos aquel fotógrafo, que conocimos el paisaje o al modelo que allí se retrata. 

Se me ha ocurrido la idea de crear una historia breve ilustrada cada semana. Esta es la primera. Espero vuestras opiniones:


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Quisiera...



Quisiera ser para ti lo que las estrellas son para el cielo: una luz que te guíe y te ilumine la mitad de tu viaje; y que esté presente pero invisible la otra mitad. 

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Vidas a sorbos


Y nos bebimos a sorbitos la vida del otro, con cautela, con el presagio de que un día se acabaría. Augurando un destino de vasos vacíos apilados en las estanterías de nuestros corazones.
Y creímos en el amor verdadero, y nos prometimos entrelazar nuestros destinos. Y quisimos demostrar que no habría en el mundo tijeras, cizalla o guillotina alguna que los separase.
Pero nos equivocamos. Nos engañamos. Y nos alejamos en medio de un océano inmenso, atraídos por diferentes orillas, nadando en pos de nuestras corrientes, tragando culpas y vomitando recuerdos. Soportando el olor de los buenos momentos y extrañando la tierra firme.
Desenredamos la madeja de nuestra vida, sufriendo en silencio el sabor agridulce de un pasado en un presente ajeno al futuro.
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UNA NUEVA FAMILIA


Cuando Pedro observó a aquel niño de ojos claros, pelo rubio y carita redonda, se incorporó rápidamente en su improvisado asiento de cartones y le extendió el sombrero para recoger algunas monedas.
El niño miró durante unos segundos el sombrero y volvió a dirigir la mirada a un Pedro impaciente y hambriento al tiempo que negaba con la cabeza.
— No, no vengo a darte dinero. Estoy aquí para ofrecerte un regalo mucho mejor, ¿lo quieres?  —dijo, con un hilo de voz, entrecortado por la timidez e inocencia de su edad.
Pedro le miró extraño y desconfiado. Aquel niño debía rondar los ocho años. La misma edad que tenía él cuando perdió a sus padres. Le miraba y se le acumulaban los recuerdos. Era como si la pequeña figura infantil tuviera la habilidad de reflejar su pasado.
Pedro guardaba con recelo su pasado. Al fin y al cabo, era lo único que quedaba intacto de su vida. Cuando uno toca fondo, valora más las decisiones pasadas, tomadas en su día impulsivamente. Y es esa sensación de que aquellas decisiones no van a poder ser cambiadas lo que hace que, ante la incerteza de un futuro, podamos afirmar quiénes fuimos.
Las desgracias que sucedieron en la vida de Pedro le habían enseñado a desconfiar hasta de su propia sombra; por ello se sorprendió cuando se vio sonriendo al niño, asintiendo y ofreciéndole un lugar para sentarse a su lado.
— Verás, —comenzó a explicar el niño en susurros que fueron tomando fuerza a medida que avanzaba en su discurso— tengo una enfermedad que no se cura con pastillas, ni con médicos ni operaciones. Los señores que la descubrieron le pusieron un nombre muy raro: leucemia. ¿Sabes lo que es?
Pedro escuchaba con atención todas las palabras que emergían por aquella boca tan pequeña, que quizás había tenido aún la suerte de no conocer la mentira o la traición. El niño siguió explicándole, como si el silencio de Pedro hubiera supuesto un “no” mezclado con orgullo y vergüenza:
— En mi cuerpo, hay unos bichitos malos que están atacando a mis huesos y a mis órganos. Los bichitos buenos intentan salvarme, por eso he ido perdiendo pelo, porque mis bichitos buenos se estaban ocupando todo el tiempo de luchar contra los malos, y se olvidaron de que me tenía que seguir creciendo el pelo.
«Sé que no podré quedarme por aquí mucho más tiempo, porque cada vez tengo más bichitos malos que buenos, y me canso más cuando tengo que andar. Mis papás están muy tristes, porque no pueden hacer nada para salvarme, y yo me pongo triste de verles. Por eso se me ha ocurrido una idea. Siempre que paso por aquí te veo ahí sentado pidiendo dinero, con la ropa sucia y sin hablar con nadie. Así que creo que no tienes familia.»
Pedro observaba atentamente al niño. Negó aquella conjetura del niño como respuesta. El pequeño sonrió entonces y prosiguió:
— Como yo tengo familia pero me voy a morir, y tú estás vivo pero no tienes a nadie con quien compartir tus alegrías, he pensado que podrías ir a vivir con mis padres cuando me haya ido. Así, mis padres tendrían otro hijo al que cuidar y ya no estarían tan tristes. Y yo, desde allí arriba —dijo, señalando el cielo— estaré contento de ver que puedes sonreír. ¿Qué te parece, a que es buena mi idea?
Cuando el niño terminó, Pedro estaba llorando. Habría dado su vida a cambio de que aquel niño no muriera. Por primera vez en mucho tiempo, se había sentido formar parte de algo o, mejor dicho, de alguien y eso valía mucho más que cualquier moneda compasiva que le pudieran regalar. 

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LEYENDA DE LA ISLA DE BENIDORM

Debido a que estas semanas son las fiestas de Benidorm, la ciudad en la que resido, me han venido a la memoria las leyendas que circulan en torno al origen de nuestra isla, así que he escrito una versión propia de una de estas versiones para compartirla con todos vosotros. Espero que os guste.


Hace siglos, tal vez milenios, vivía en la sierra del Puig Campana un gigante llamado Roldán. Era el único ser humano que habitaba aquellas tierras, por lo que se consideraba el dueño y señor de toda la montaña. Tenía una cabaña grande que se había construido en la cima de la montaña con ramas secas y unos cuantos troncos. También disfrutaba del sol, de la playa y del monte cuando quería. Pero le faltaba algo.
En las noches de luna Llena, su soledad embriagaba su alma y no hacía más que desear que alguien pudiera compartir su tiempo con él. Y así fue como sucedió. A la mañana siguiente, estaba él paseando por la arena de la playa, cuando de pronto apareció una joven. Era una princesa hermosa, con cabello largo, un precioso vestido y unos ojos sin igual. La joven le miró extrañada, pero sin miedo. Y fue aquella curiosidad, aquel trato inocente, lo que transformó el corazón de nuestro gigante.
Los dos se enamoraron y decidieron irse a vivir juntos a la cabaña del bosque. La princesa la adaptaba con esmero a su estatura y condición, mientras Roldán buscaba siempre las hierbas más finas y tiernas para el lecho de su amada. Vivieron felices durante algún tiempo.
Pero un día, cuando Roldán volvía a la cabaña con leña para la chimenea, una sombra se le apareció. Él se quedó inmóvil y oyó que la sombra le hablaba:
— Corre si aún quieres ver a tu amada, pues cuando muera el día, ella morirá también.
Roldán le escuchó con temor y se apresuró a llegar a la cabaña. Cuando se acercó a la joven, estaba sudorosa y tenía fiebre muy alta. Deliraba. Roldán se puso muy triste e intentó por todos los medios bajar la fiebre de su amada. Pero no lo consiguió. El día se iba acabando y Roldán no quería dejar a la única persona que le había dado felicidad.
Permaneció frente a la joven durante horas, observándola y admirando su belleza. Pero el sol, impasible, seguía con su juego del escondite. Entonces Roldán, furioso y desesperado por darle unos segundos más de vida a su amada, se fue hasta el pico de la montaña y le propinó un puntapié, que hizo desprender una gran masa de tierra que cayó al mar y ahora es la isla de Benidorm.
Y por el perfecto hueco que había quedado, aún pasaron los rayos del sol durante unos segundos más de vida, hasta que el último atisbo de luz desapareció y con él, la vida de la joven.
Roldán, muy triste y hundido en la soledad de nuevo, cogió en brazos a su amada y bajó con ella al mar, donde se habían visto la primera vez. Miró al horizonte y aquella isla que se había formado, fruto de su amor por ella, le pareció hermosa. Como si hubiese quedado hipnotizado, se adentró con la joven en brazos y la depositó en el fondo del mar, bajo la isla de su amor. Pero no la podía dejar allí sola, así que se hundió con ella en las profundidades del mar y la abrazó con fuerza para toda la eternidad.


Si queréis descargar el documento en PDF, haced clic aquí.

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LA LEYENDA DE NARCISO


Narciso era un hermoso joven que todos los días iba a contemplar su propia belleza en un largo. Estaba tan fascinado consigo mismo que un día se cayó dentro del lago y se murió ahogado. En el lugar donde había caido, nació una flor, a la que llamaron, en su honor, narciso.

Cuando las Oréades, las diosas del bosque, llegaron al lago y le vieron llorar, le preguntaron el motivo de su tristeza.


— Lloro por Narciso —repuso el lago.
— ¡Ah, no nos asombra que llores por Narciso! —prosiguieron las Oréades—. Al fin y al cabo, a pesar de que nosotras siempre corríamos tras él por el bosque para admirar su belleza, tú eras el único que tenía la oportunidad de contemplarle más de cerca.
— ¿Pero Narciso era bello? —preguntó el lago. 
— ¿Quién sino tú podría saberlo? —respondieron, sorprendidas, las Oréades—. En definitiva, era en tus márgenes donde él se inclinaba para contemplarse todos los días.

El lago permaneció en silencio unos instantes. Finalmente dijo:
— Yo lloro por Narciso, pero nunca me di cuenta de que Narciso fuera bello. Lloro por Narciso porque cada vez que él se inclinaba sobre mi orilla yo podía ver, en el fondo de sus ojos, reflejada mi propia belleza.

[Relato escrito por Oscar Wilde y adaptado por Paulo Coelho en el prólogo de su libro El Alquimista]
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EL AMOR Y LA LOCURA


[Esta fotografía pertenece a El jardín de los sentidos, un lugar mágico situado en Altea, Alicante]

Había una vez, antes de que existieran los humanos y los sentimientos se mezclaran con ellos, un jardín mágico donde vivían en armonía todos los sentimientos. Cada uno cumplía con su función y rara vez se reunían todos. Pero un día, decidieron hacer algo diferente...
— ¡Podemos jugar al escondite!— gritó la Locura, al tiempo que daba pequeños saltos.
— ¿Y cómo se juega a eso? Yo no voy a ser capaz, seguro... —dijo entre sollozos el sentimiento deInferioridad, que tanto se creía que era peor y pequeño a los demás, que había acabado por verse enanito y feo.
— ¡Claro que vas a saber, es muy fácil! —contestó el Optimismo con energía— Tienes que esconderte en un lugar en el que no te pueda encontrar nadie. Si eres el último en salir de tu escondite, has ganado. Y si te da tiempo antes de que te vea el que la queda, puedes salvar a todos tus compañeros.
La Curiosidad observaba muy atenta la escena. Finalmente, cuando a todos les quedaron claras las reglas del juego, la Locura dijo que ella la quedaría y todos empezaron a esconderse, cada uno a su ritmo...
El Pesimismo se juntó con la Inferioridad y se quedaron un gran rato ahí parados sin saber qué hacer. Total, iban a perder seguro...
La Alegría estuvo trotando con una gran sonrisa hasta que encontró el lugar perfecto para ella: un árbol alto y frondoso.
A la Pereza le entró un sueño tremendo y en lugar de ponerse a buscar su escondite, decidió echarse una siestecita.
La Sabiduría estuvo un rato sopesando en qué lugar tendría menos probabilidades de ser descubierto y, como no podía ser de otra manera, eligió camuflarse entre las hojas de un gran libro.
Y así, uno a uno, todos los sentimientos se fueron escondiendo, salvo el Amor, que por más que buscaba, no encontraba ningún lugar que le gustara.
De pronto, la Solidaridad, apareció en su camino y le dijo sonriente que había visto el lugar perfecto: un hermoso rosal situado junto al lago. Al amor le encantó la idea y fue hacia allí acompañado de la Solidaridad, que le ayudó a subir por el tallo de una de las rosas. Una vez que llegó arriba, se refugió entre los pétalos y, como iba vestido de color rojo, se camufló a la perfección.
Cuando el último sentimiento encontró su escondite, la Locura acabó de contar y empezó a buscar a sus compañeros con ansia.
Al primero que encontró fue a la Pereza, roncando como un ogro. Un poco más alejados seguían el Pesimismo y el sentimiento de Inferioridad. También encontró pronto al Nerviosismo, que se había refugiado entre un matorral y hacía mover las hojas con sus impulsos nerviosos.
La Sabiduría se hizo más de rogar, pero debió tener algún error en su estudio de probabilidades, porque también fue descubierta. Y uno a uno, la locura dio con todos sus compañeros.
Bueno, no con todos. Sólo faltaba uno: el Amor. Lo buscó incansablemente durante horas, pero no aparecía. Finalmente, la Envidia, cabreada porque había perdido, le chivó a la locura el paradero del Amor.
Y la Locura, loca de contenta porque sabía dónde se encontraba el último sentimiento, fue corriendo hacia el rosal y comenzó a mover las rosas de un lado hacia el otro con energía y entusiasmo.
De repente, se escucharon unos gritos agudos que provenían desde lo alto de una de las rosas:
— ¡Para, para ya por favor! ¡No las muevas más!
Y la Locura, obediente, paró. Cuando todos consiguieron distinguir al amor de entre los pétalos de la rosa, se quedaron petrificados. Al mover la Locura el rosal con tanta energía, le había clavado al Amor los pinchos del tallo en los ojos, que ahora sangraba abundantemente.
— Lo siento, Amor. No me he dado cuenta. Lo siento, de veras... — pero ya no había solución: elAmor se había quedado ciego.
Y la Locura, arrepentida por su acto impulsivo, le hizo una promesa al Amor:
— Ya no vas a poder ver y todo por mi culpa. Sólo se me ocurre una solución: a partir de ahora seré tu lazarillo. Prometo ser tus ojos en todo momento y lugar. No me separaré de ti nunca.
Y por eso siempre decimos que EL AMOR ES CIEGO, Y QUE SIEMPRE VA ACOMPAÑADO DE LA LOCURA*.
Este cuento es una adaptación propia que he hecho de un cuento popular anónimo que me contó en una ocasión un cuentacuentos. Hoy lo quería compartir con vosotros, por si alguno desconocía la historia. Lo escuché por primera vez cuando tenía 12 años y cada vez que lo leo o lo reescribo me sigue fascinando.
*Si quieres descargar el cuento para guardarlo o leerlo en alguna otra ocasión, haz clic en este enlace.
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Cumpliendo 22 años hoy...


Había una vez una princesa que no quería crecer. Sabía que hacerse adulta significaba tener más responsabilidades, empezar a enseñar en lugar de sólo aprender, llorar por motivos más preocupantes que porque se le hubiera caído su almuerzo favorito en el patio, y enamorarse de un príncipe.

No quería tener responsabilidades porque nadie quiere nunca tenerlas, tampoco pensaba que fuera a ser capaz de enseñar nada (¿qué iba a enseñar ella sobre la vida, si siempre habría gente más sabia y experimentada?). Por supuesto, se negaba a llorar constantemente por la falta de dinero, por no encontrar un trabajo, por no tener una casa. Y odiaba el pensar que alguna vez tendría que casarse con un príncipe. ¡Qué asco!

Pero sucede que esta princesa, por mucho poder que tuviera, no consiguió burlar al tiempo, y los años fueron pasando sobre ella igual que sobre el resto de la humanidad. Y llegó un año, ni muy lejano ni muy cercano, en que la princesa miró hacia atrás y sonrió. Se alegró de haber crecido, de haber madurado, porque todo ello suponía conocer cosas nuevas y gente diferente.

Recordó a todos sus amigos de la infancia: Alicia, Maite, David Moreno, Francisco, Álvaro, Jose Manuel, Eduardo, Laura, Gema...

Recordó a sus amigos/as del instituto: Cristina Sánchez, Marian, Lorena Moreno...

Recordó a sus amigos/as de la universidad: Sheila, Inma, Laura...

Recordó a todas aquellas personas que habían estado ahí cuando realmente necesitaba apoyo.

Y aprendió que la edad es la mejor maestra del planeta, y que ahora, con lo que ha vivido, ya tiene algo que enseñar.


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La estrella de los yayos

Publico en este post un relato corto de los que acostumbro a escribir cuando el tiempo me lo permite que escuché, por casualidad, hace unos días en unas de esas conversaciones madre-hijo que enseñan más que miles de clases magistrales en la Universidad. Obviamente, he realizado pequeños cambios para darle más belleza literaria, espero que os guste:


Un manto de oscuridad cubre las calles, y los rotos y descosidos de la gruesa tela dejan ver el brillo de algunas estrellas.
— Mamá, ¿vamos a ver a la yaya vieja?
— No podemos, hijo.
— ¿Y por qué no podemos, mamá?
— Porque la yaya se ha ido de viaje al cielo.
— ¿Y cuándo volverá?
— No creo que pueda volver, cariño. Esos viajes sólo son de ida.
— ¿Ha ido a visitar alguna estrella?
— Sí.
— ¿Y en cuál está? Ah, ya sé... Habrá ido a visitar la estrella donde está el yayo, ¿verdad?
— Claro, hijo. Mira, ¿ves aquella estrella, la que brilla con tanta fuerza? Allí están los yayos mirándonos.
— Pero cuando estamos dentro de casa no nos ven, ¿no?
— No, no creo.
— Uff... Menos mal...
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CARTA A TODOS LOS PADRES

... DE ADOLESCENTES (Y NO TAN ADOLESCENTES)



Queridos papás:

Os he dedicado los primeros llantos y risas. Recuerdo que mis primeras palabras en este mundo fueron “papá” y “mamá”. Me habéis dado de comer cuando yo no podía y me habéis enseñado a hacerlo solo/a cuando aún no sabía. De vosotros he aprendido que en la vida es más importante tener buen corazón que buen físico. También, que con la verdad se llega a todas partes, mientras que con la mentira no se va a ningún sitio. Que antes de hablar siempre hay que pensar y que sólo si sabes guardar secretos, tendrás amigos.

Me habéis enseñado tantas cosas, papás...

Pero ahora tengo que seguir mi camino solo/a. Sé que aún soy para vosotros un/a niño/a, pero sabré hacerlo, no os preocupéis. He tenido unos grandes maestros.

Y si me caigo, me levantaré. Recordad que aprenderé más de mis errores que de los vuestros.

Tenéis que saber que probablemente me distancie un poco de vosotros. Es lógico, nuestros caminos serán distintos. Ello no significa que os quiera menos, al contrario. Ahora más que nunca debéis demostrarme todo vuestro amor.

Me gustaría que me ofreciérais vuestra opinión sobre los pasos que voy tomando en mi vida, pero no intentéis conducirme, porque entonces no querré escucharos.

Quisiera que escuchárais todos mis problemas y preocupaciones y recordárais que, aunque ahora os parezcan tonterías, hace unos años también eran muy importantes para vosotros.

Necesito que reconozcáis mis logros y propósitos conseguidos y estéis orgullosos de vuestro/a hijo/a. No hay nada que me haga más feliz.

Sé que a veces no me comportaré como debería. Es normal, ser adulto no resulta sencillo. Ofrecedme segundas oportunidades.

No me llaméis constantemente para saber dónde estoy. Me agobiaréis. Recordad qué bien os sentaba disfrutar de la libertad cuando teníais mi edad.

Tampoco insistáis en que os cuente lo que he hecho. Demostradme confianza y lo haré sin necesidad de que lo pidáis.

Entiendo que para vosotros no será fácil, pero tampoco lo será para mí. Recordad vuestros errores y confiádmelos. También puedo aprender de ellos.

No os quedéis en el “no”. Ofrecedme argumentos.

Ahora más que nunca el término “empatía” cobra todo su significado. Aplicadlo conmigo y yo lo aplicaré con vosotros.


Un abrazo muy fuerte de vuestro/a hijo/a, que os quiere muchísimo.

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Chat


Suena la sirena que indica la finalización de las clases. Carla es la primera en levantarse de la mesa. Recoge sus libros, el estuche y su inocencia. Escapa del aula que oprime su inmadurez casi corriendo, mientras cierra rápidamente la cremallera oxidada de su mochila.
La está esperando.

Llega a casa sudando, con el pelo despeinado, la cara sonrosada y prácticamente sin aire para respirar. Su madre la espera en la cocina. Quiere hablar con su hija, sentir que sigue siendo una niña.

Pero Carla está harta. Ella ya es adulta, no hay que explicarle nada. Ella ya lo sabe todo. Es adulta, joder. Qué empeño en verla aún como una simple niña.

Corre hacia su habitación y enciende el ordenador. Allí está segura. Desde aquel ordenador tiene contacto con el mundo, pero está protegida. Está protegida.

Se conecta al chat. "Samurai" la está esperando.
- Hola preciosa. ¿Cómo estás?
- No muy bien. Mi madre, como siempre... ¿Y tú?
- Bien. Ahora mejor, que estoy hablando contigo.

Carla sonríe. Él sí la entiende. Es el único que sabe cómo tratarla, cómo hablar con ella, cómo dominarla. Han quedado para verse en persona. Ya llevan cuatro meses chateando por las tardes, ya lo saben todo de sus vidas. Es el hombre perfecto para ella y tiene que conocerlo, desea conocerlo. Él tiene 20 años, ella 17.

Carla le propone tomar un café en un lugar público, pero Samurai quiere más intimidad:
- Allí no podremos hablar con tranquilidad. Yo tengo coche. Conozco un sitio alejado donde nadie nos molestará. ¿Qué dices?

Pues que sí, Carla acepta otra vez, engatusada por la labia y el saber hacer de Él, que ya es casi como un Dios, una divinidad hasta ahora inalcanzable a la que va a poder tocar y quizás besar al día siguiente. La inocente emoción de sus 17 años de edad la embriaga completamente y toda la noche la dedica a decidir qué ponerse, qué peinado hacerse, cómo maquillarse. Le enseña sus modelitos a Samurai por la webcam y él, alardeando de nuevo de su poder de convencimiento y dominación, le dice que está preciosa igualmente, que todos los modelos le gustan, que no hay una mujer como ella, que es una Diosa.

Carla se despide de Samurai sonriendo, sintiéndose importante, grande. Se acuesta en la cama pidiendo a un dios minúsculo e indiferente que la noche pase pronto y llegue por fin el momento esperado. Mientras, al otro lado de la banda ancha, un Samurai de 48 años de edad sonríe malicioso.

En los próximos días, Carla será notícia en el periódico. Otra víctima adolescente.

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Marcos y el lago
















Marcos contemplaba el lago con los ojos muy abiertos. En el agua, se reflejaban infinidad de estrellas. Una sonrisa dibujó su rostro sonrosado y mofletudo de ocho años de edad.
Rápidamente, corrió a su casa y nadando en la silenciosa oscuridad de la noche, logró rescatar la caña de pescar con la que acompañaba a su padre todos los domingos.
Se acercó de nuevo a la orilla del lago y, con sumo cuidado, introdujo el anzuelo en el agua estrellada.

Ya casi estaba amaneciendo y Marcos no había pescado nada. Con temor a que su madre se hubiera percatado de que el bulto que había bajo las sábanas era una simple almohada y no su amado hijo, Marcos decidió volver a casa, arrastrando los pies y, con ellos, su inocente alma.

El temor se confirmó cuando, al llegar a la casa, divisó a su madre en el marco de la puerta, ataviada con una bata roída por los años y sujetando una vela casi tan deshecha como su corazón:

- ¡¿Dónde te habías metido, hijo?! ¡Estaba preocupada! -le recriminó en cuanto estuvo lo bastante cerca.
- Lo siento, mamá. Estaba pescando... -contestó él, titubeando en susurros casi inaudibles.
- ¿Pescando a estas horas de la madrugada?¿Sin luz?¿Y qué pensabas pescar, eh, tonto?

Marcos se echó a llorar en un berrinche infantil sin igual. La madre, arrepentida por su actuación, retrocedió y recobró su dulzura natural, abrazándole y acariciándole el pelo con mimo.

― Quería pescar una estrella, mamá. Con su luz podríamos alumbrar la casa de noche y ya no necesitaríamos de más velas para poder ver en la oscuridad. Pero pasé allí horas y horas y al final no la pude pescar... -le explicó Marcos a su madre, entre sollozos.

La madre, sorprendida y acongojada al escuchar el tierno testimonio de su hijo, rompió a llorar en otro berrinche frustrado. Marcos interpretó el llanto por tristeza al no haber pescado la estrella y aquello le dio más fuerzas para continuar:

― No te preocupes, mamá. Ya pasó. Mañana por la noche, cuando las estrellas vuelvan a bajar al lago para darse el baño, estaré allí aguardando. Ya pasó. Ya pasó.


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Ejercicio

Esta es una especie de auto-entrevista que propone Daniel Cassany en su libro La cocina de la escritura. Escribo a continuación las preguntas propuestas en negritas con sus correspondientes respuestas y os invito a realizarla. Es un poquito larga, así que os regalo un poco de paciencia para que la leáis.

- ¿Me gusta escribir? ¿Qué es lo que me gusta más de escribir? ¿Y lo que me gusta menos?
Me encanta. Lo que más me gusta de escribir es que puedo componer cualquier historia, puedo expresar mediante esa historia un problema cercano, o lejano. Lo que menos: en un primer momento, tener que dedicar tiempo a mejorar el texto (aunque nunca lo consiga del todo). Con el tiempo, hasta eso me ha empezado a gustar.

- ¿Escribo muy a menudo? ¿Me da pereza ponerme a escribir?
Sí, escribo muy a menudo. Aunque estaría mintiendo si dijera que no me da pereza ponerme a escribir. Hay días en los que no me apetece ni eso.

- ¿Por qué escribo?
Buf, menuda pregunta. Pienso que porque es una manera de soñar, de evadirme de la realidad y, a pesar de que la historia no tenga nada que ver conmigo, también es una manera de encontrarme conmigo misma, de ver mis progresos y mis límites.

- ¿Qué escribo? ¿Cómo son los textos que escribo? ¿Qué adjetivos les pondría?
Escribo de todo. Puedo escribir un pensamiento pasajero, una reconstrucción de un sueño, una historia surgida a partir de una conversación que haya escuchado en el autobús,...
Yo pretendo que mis textos sean aptos para todos los públicos, sin demasiados tecnicismos ni frases enrevesadas. Me gusta ir directa hacia el mensaje que quiero transmitir y, sobre todo, adoro tratar temas de actualidad y conflicto.
Pero claro, todo esto es lo que quiero transmitir. De ahí a que realmente lo transmita hay un abismo...

- ¿Cuándo escribo? ¿En qué momentos? ¿En qué estado de ánimo?
Cualquier momento me resulta bueno para escribir. He llegado a escribir en momentos en que las lágrimas me empapaban tanto el rostro que casi ni podía distinguir las letras. Pero también he escrito enfadada, eufórica, triste, nostálgica,...

- ¿Cómo trabajo? ¿Empiezo enseguida a escribir o antes dedico tiempo a pensar? ¿Hago muchos borradores?
Depende. No funciono siempre de la misma manera. Hay tramas que tardo mucho tiempo en construir (y en las cuales siempre me dejo algún cabo suelto). Pero también he escrito muchísimas veces a partir de una frase que me había venido a la cabeza, o símplemente me he dejado llevar. Generalmente no suelo pensar mucho las historias antes de escribirlas, porque si les dedico mucho tiempo al final terminan únicamente como borradores.

- ¿Qué equipo utilizo? ¿Qué utensilio me resulta más útil? ¿Cómo me siento con él?
Lo mismo que en la pregunta anterior. Puedo utilizar una libreta, como una hoja en sucio, como el ordenador,... Depende del sitio y el momento en los que me encuentre. No tengo manías. Con todos los recursos me siento bien.

- ¿Repaso el texto muy a menudo? ¿Consulto diccionarios, gramáticas u otros libros?
Sí lo repaso, pero en pocos he llegado a consultar diccionarios, gramáticas,... Símplemente lo leo varias veces para corregir alguna falta de ortografía y de expresión, aunque siempre queda incompleto.
Quizás debería reforzar más este punto. Tengo imaginación, pero me falta expresión (y todo lo que ello conlleva). Bueno, el primer paso es reconocerlo, ¿no?

- ¿Me siento satisfecho/a de lo que escribo?
No siempre. Pero con la mayoría me queda un buen sabor de boca. Siento que he hecho algo. Seguramente no estará a la altura, no estará perfecto, pero al menos lo he intentado. Para mí cada nuevo relato es un nuevo reto, un escalón más hacia mi sueño.

- ¿Cuáles son los puntos fuertes y los débiles?
La verdad, no lo sé. Supongo que mis puntos fuertes son que poseo mucha imaginación y empatía. Tengo muchísima facilidad para meterme en la piel del otro, y eso puede ser muy útil a la hora de tratar a un personaje.
Mis puntos débiles creo que son que soy muy rápida a la hora de actuar. Me gusta ver los resultados ya, y no dedico el tiempo suficiente para perfeccionar el proceso hacia esos resultados. Debería ser más pausada, tomármelo con más calma.

- ¿De qué manera creo que podrían mejorar mis escritos?
Ya lo he contestado en la anterior pregunta.

- ¿Cómo me gustaría escribir? ¿Cómo me gustaría que fueran mis escritos?
Pues me gustaría escribir correctamente, no cometer tantos fallos, que no fuera tan sencillo "desmontar" algo escrito por mí. Me gustaría que llegasen a todo el público (ya lo he dicho), que mis lectores se sintieran identificados con el personaje de las historias,...

- ¿Qué siento cuando escribo?
Siento tranquilidad. Me siento bien conmigo misma. Como quien realiza un acto benéfico. No sé muy bien cómo explicarlo.

- ¿Estas sensaciones afectan de alguna forma al producto final?
Supongo que sí. Bueno, espero que sí.

- ¿Qué dicen los lectores de mis textos? ¿Qué comentarios me hacen más a menudo?
Hay opiniones de toda clase. Pero la mayoría de ellas han sido positivas. Me he topado con lectores a los que no les ha agradado mucho el texto, pero que aún así han dedicado un tiempo a realizar una crítica constructiva sobre él; y a otros con los que les ha encantado y, sin embargo, no han realizado ninguna puntualización, ningún aspecto que convendría cambiar en el relato para mejorarlo.

- ¿Los leen fácilmente? ¿Los entienden? ¿Les gustan?
Yo pienso que sí. Seguro que ha habido algún texto que no ha entendido mucha gente, pero generalmente soy bastante llana a la hora de escribir, por lo que no creo que el lector tenga problemas para comprender lo que escribo, precisamente.

- ¿Qué importancia tiene la corrección gramatical del texto? ¿Me preocupa mucho que pueda haber faltas en el texto? ¿Dedico tiempo a corregirlas?
Tiene mucha importancia si tu sueño es publicar algún cuento o novela algún día. Si mi aspiración es esa, para mí es muy importante que mis textos estén correctamente escritos, y me interesa mucho el tema. No sólo a nivel de faltas de ortografía o gramática, sino también de expresión.

- ¿Me gusta leer? ¿Qué leo? ¿Cuándo leo?
Me gusta leer de todo, aunque prefiero aquellas novelas con enseñanzas sobre la vida, aquellas que tiran más por la rama de la filosofía. Por ello me encanta Paulo Coelho.
Pero también leo fantasía, novela negra, aventuras, cómic, infantil, romántica,... No tengo manías.

- ¿Cómo leo: rápidamente, con tranquilidad, a menudo, antes de acostarme...?
Suelo leer rápidamente aquello que menos me interesa (creo que esto nos pasa a todos), pero cuando leo algún libro que de verdad me tiene enganchada y me interesa, suelo leer muy tranquila, como si estuviera saboreando cada letra impresa. El momento en el que leo varía depende de las cosas que tenga que hacer en el día. Puedo leer en el autobús, antes de acostarme, al levantarme, mientras desayuno,...

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El día que decidí dejar de ser escritora


Hola a todos:
Después de este tiempo sin actualizar el blog, siento que me falta algo. Necesito opiniones, leeros y charlar con vosotros. Muchas gracias a todos los que comentaron mi anterior post de despedida, y gracias también a los lectores que se han apuntado a seguir mi blog a pesar de estar ausente. Os dejo un relato que escribí hace unas semanas. Espero que os guste.

El día que decidí dejar de ser escritora dejé de vivir. Mi esencia se esfumó con la pluma, su tinta y mis últimos escritos por el cubo de la basura. Até bien la bolsa, negra, preparada para el entierro y la deposité en una fosa común donde yacen las penas del alma; también las almas en pena.
No me separé de la fosa en toda la tarde, esperando que alguien llorara en aquella improvisada tumba. Pero nadie lo hizo.
Los pájaros siguieron cantando, los vecinos discutiendo, los niños jugando, … Nada había cambiado, salvo que existía un alma menos en el mundo.
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Al caer la noche, una niña se arrodilló junto a mi tumba. Pensé que por fin alguien había reparado en la pérdida de mi alma, que alguien lloraría mi ida. Pero no. Aquella niña cruel arañó la bolsa negra y extrajo todo su contenido. Estuvo unos minutos, quizás horas, leyendo mis textos. Yo la observaba sentada sobre las cenizas de mi vida.
De espaldas a mí, la niña sentada, con las piernas cruzadas, leyendo mi alma desnuda. Mi cuerpo, rígido y testigo, observando sus cabellos dorados rozando las viejas páginas de mi memoria.
Aquel escenario habría dado para otra historia. Lo habría hecho si mi alma aún fuera mía y no de aquella niña, desenterradora de sentimientos.
Lentamente, la profanadora de almas perdidas se giró y descubrió un cuerpo inerte que la observaba. Su rostro, blanco y lúgubre, también habría dado para una historia de terror. Sus mandíbulas se ensancharon, sus ojos enrojecieron, su cuerpo entero tembló. Y de pronto me encontré delante del temido diablo.
—Una buena oferta, sí señora. Hace años que no encuentro un alma tan sana.— sus palabras desgarraron mis sentidos.
Quise hablar, pero mi cuerpo inerte no escuchó. Resultó que sin alma estaba muerta en vida y las palabras que emanaban de mi boca no eran las deseadas. Solté elogios sin quererlo y zanjé un trato sin lágrimas en los ojos.
Perdí mi alma pura de escritora. Sin embargo, me hice famosa. Mis historias se leían en todo el mundo, pero yo no podía leerme. Yo no era yo; era una escritora que había vendido su alma al diablo.
Al diablo editorial.




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