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Estoy leyendo...

Estoy leyendo la magnífica obra "Cien años de soledad", tan conocida por todos y escrita por el gran autor colombiano Gabriel García Márquez.

Cuando comento a alguien mi lectura, me suelen decir: "¿Pero es que no la habías leído antes? Madre mía, si no has leído esa novela no has leído nada...". Pues sí, señores/as listillos/as, sí la había leído antes. Bueno, la intenté leer, mejor dicho. Pero tenía dieciséis años y una mente mucho más infantil que ahora, así que no entendí ni media. Y al final dejé la novela a medias, por puro aburrimiento, sinceramente. Le debí tomar tanta manía y me suponía tanta frustración el haber sido derrotada de aquella manera, que en los próximos años no volví a cogerla.

Hace unos días, en una conversación que mantuve con un aficionado y escritor conocido "de la familia", me animó a leer algo más sobre este autor. Ya esta navidad intenté superar el pánico que tenía al escritor y leí "Memoria de mis putas tristes", una novela que me gustó pero de la cual no aprendí nada, al menos eso creo. Que luego uno cree no aprender nada y se sorprende recordando determinadas escenas o enseñanzas.

En fin, que me envalentoné y cogí de la estantería el tomo "Cien años de soledad". He avanzado bastante y debo decir que me está gustando, aunque Gabito tiene un estilo de escritura un tanto enrevesado. Creo que tendré que releer la novela para terminar de entenderla, pues algunas cositas se me escapan. Ahora sí, la segunda vez que la lea (porque la primera no cuenta) me elaboraré un esquemita del árbol genealógico de la familia Buendía-Iguarán, porque tengo en la cabeza un lío tremendo.

¿Qué es lo que más me está gustando del libro? La facilidad que tiene el autor para adentrarte en la historia, con esos tejemanejes que le da, mezclando pasado, presente y futuro y casi gritándote entre líneas que no te descuides en la lectura, que no te permitas ni un segundo de despiste. Yo no le suelo hacer mucho caso y así me va, que de vez en cuando tengo que volver dos o tres páginas para situarme.

¿Cuáles son los personajes que más me gustan de la novela? Melquíades, sin lugar a duda, porque me recuerda al mago Merlín y lo veo en mi cabeza con su traje azul repleto de estrellitas amarillas, aunque Gabito no me lo describa.

También me gusta mucho Úrsula, que tiene nombre de bruja y un carácter parecido al de mi madre (qué va, mi madre acojona más todavía...).

Rebeca, con sus raras manías de comer tierra y cal de las paredes, me fascina. En este punto le doy un gran aplauso al autor. ¡Qué grande eres, maestro!.

Finalmente y por supuesto, José Arcadio Buendía, con sus inventos desbaratados, que me recuerda un poco a la imagen de Don Quijote de la Mancha (en este caso de Macondo). Creo que es un gesto sin igual que el autor ha conseguido plasmar en su obra y actualizar a la literatura moderna.

Pues bien, no me enrollo más porque aún no he acabado de leer el libro y no me gusta dar mi opinión sin terminar la novela. Os dejo a continuación un vídeo de una entrevista a Gabito. No se ve muy bien, pero se escucha estupendamente, que es lo que importa al fin y al cabo.



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Chat


Suena la sirena que indica la finalización de las clases. Carla es la primera en levantarse de la mesa. Recoge sus libros, el estuche y su inocencia. Escapa del aula que oprime su inmadurez casi corriendo, mientras cierra rápidamente la cremallera oxidada de su mochila.
La está esperando.

Llega a casa sudando, con el pelo despeinado, la cara sonrosada y prácticamente sin aire para respirar. Su madre la espera en la cocina. Quiere hablar con su hija, sentir que sigue siendo una niña.

Pero Carla está harta. Ella ya es adulta, no hay que explicarle nada. Ella ya lo sabe todo. Es adulta, joder. Qué empeño en verla aún como una simple niña.

Corre hacia su habitación y enciende el ordenador. Allí está segura. Desde aquel ordenador tiene contacto con el mundo, pero está protegida. Está protegida.

Se conecta al chat. "Samurai" la está esperando.
- Hola preciosa. ¿Cómo estás?
- No muy bien. Mi madre, como siempre... ¿Y tú?
- Bien. Ahora mejor, que estoy hablando contigo.

Carla sonríe. Él sí la entiende. Es el único que sabe cómo tratarla, cómo hablar con ella, cómo dominarla. Han quedado para verse en persona. Ya llevan cuatro meses chateando por las tardes, ya lo saben todo de sus vidas. Es el hombre perfecto para ella y tiene que conocerlo, desea conocerlo. Él tiene 20 años, ella 17.

Carla le propone tomar un café en un lugar público, pero Samurai quiere más intimidad:
- Allí no podremos hablar con tranquilidad. Yo tengo coche. Conozco un sitio alejado donde nadie nos molestará. ¿Qué dices?

Pues que sí, Carla acepta otra vez, engatusada por la labia y el saber hacer de Él, que ya es casi como un Dios, una divinidad hasta ahora inalcanzable a la que va a poder tocar y quizás besar al día siguiente. La inocente emoción de sus 17 años de edad la embriaga completamente y toda la noche la dedica a decidir qué ponerse, qué peinado hacerse, cómo maquillarse. Le enseña sus modelitos a Samurai por la webcam y él, alardeando de nuevo de su poder de convencimiento y dominación, le dice que está preciosa igualmente, que todos los modelos le gustan, que no hay una mujer como ella, que es una Diosa.

Carla se despide de Samurai sonriendo, sintiéndose importante, grande. Se acuesta en la cama pidiendo a un dios minúsculo e indiferente que la noche pase pronto y llegue por fin el momento esperado. Mientras, al otro lado de la banda ancha, un Samurai de 48 años de edad sonríe malicioso.

En los próximos días, Carla será notícia en el periódico. Otra víctima adolescente.

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¿Por qué?


« ¿Por qué escribes esos relatos tan tristes? », me preguntó una ex-profe del instituto a la que tengo mucho cariño. Ya me lo habían preguntado ―o comentado― otras personas anteriormente, y la verdad es que aún no sé responder a esta pregunta. ¿Por qué siempre escribo relatos tristes? ¿Será porque mi vida no dista mucho de esa ficción? ¿O porque simplemente me nacen esas historias?

Todos los relatos o la mayoría de los que he publicado en el blog han nacido fruto de una frase. Puedo despertarme con “El humo se elevaba en rápidos movimientos por las calles de Madrid” e instintivamente comienzo a escribir. El resto de frases brotan solas con escribir la primera. No sigo un guión, ni invento premeditadamente un personaje. Sólo escribo todo cuanto me venga a la mente. Después ya vendrá el momento de los borrones y cambios.

Y es esto lo que más me preocupa. Si escribo historias tristes porque es lo que me sale, ¿qué tendré dentro entonces? ¿Más tristeza? Quisiera escribir historias más divertidas, que hicieran reír a los lectores. Hasta ahora lo único divertido que estoy escribiendo es un cuento infantil. Y siempre acaban saliendo ciertos matices que le dan tristeza a la historia.

¿Por qué?

Hasta aquí mi disertación. Espero vuestras opiniones.



Comento: Gafas de sol para días de lluvia

Leí este libro hace un tiempo ya. Me lo regalé el día del libro en un puesto de libros de segunda mano a precios de crisis. Es una novela preciosa, de una autora que yo, hasta la fecha, no conocía y que tiene un estilo de escritura muy suave y llano. Las palabras entran con facilidad y te dejan un buen sabor de boca.

En la novela, el hotel Ritz de Madrid sirve de escenario en una historia que intercala la inmigración con las riquezas y problemas familiares desde una mirada femenina.

Lina, una mujer inmigrante sin papeles que trabaja como empleada de la limpieza en el hotel conocerá a Carol, única heredera de una de las familias más poderosas de Manhattan. Dos mujeres completamente diferentes que se ayudarán entre sí y encontrarán una bonita y verdadera amistad.

La novela recuerda en la trama al cuento infantil de Cenicienta, actualizado y mucho más realista, en la que el hada madrina será Lina y Cenicienta, Carol.

En el libro encontramos nostalgia, injusticias, avaricias, malos tratos, egoísmos y amor, mucho amor. La autora nos enseña, una vez más, que no es más feliz el que mucho tiene, sino el que poco necesita.

Mamen Sánchez es licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid. Ha cursado estudios en las Universidades de La Sorbona, Londres y Oxford. Es hija de Eduardo Sánchez Junco, director de la revista Hola! y directora adjunta de la revista Hola! México.

El Dios de las cosas pequeñas es su genialidad en la novela, bajo mi punto de vista. Que Lina rece a este Dios para que llueva y así ponerse sus gafas de sol, otra. Me encantan esas metáforas que enseñan sólo si uno piensa.

"Gafas de sol para días de lluvia" es la novela con la que debutó en 2007. Ha publicado dos libros después: "La estrella de siete puntas" y "Agua del limonero", libros que leeré próximamente.

Os recomiendo la lectura de la novela. Ya me diréis vuestra opinión.
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