Debería llover y no llueve


Hoy debería llover a mares. Nuestro mundo tendría que llorar y limpiar los cuerpos de maldad de aquellos que trafican con niñas y mujeres, conciertan matrimonios ilegales, consideran la ablación un acto necesario y bueno.
Sería justo que la tierra mojada tiznase a aquellos hombres que ponen en duda su superioridad alzando la mano sobre una mujer, o llenando de violencia verbal cada milímetro de sus cuerpos. Para los asesinos, esto no bastaría. Nada bastaría para ellos.
También tendría que llover sobre los medios de comunicación, responsables de que el género femenino deba cumplir unos estándares de belleza para, simplemente, existir. Responsables también de causar a muchas jóvenes trastornos alimenticios —el 90% de casos que padecen anorexia son mujeres— para seguir este ideal de belleza.
Podría llover, ya que estamos, sobre todas las empresas de moda y cosmética, que no paran de lanzar a las mujeres mensajes como “bella, hermosa, dulce, cariñosa…”, mientras que a los hombres les otorgan otros adjetivos: “valiente, decidido, atrevido, chulo…”.
Podría llover sobre todas aquellas personas que emplean el lenguaje de modo no igualitario: una mujer soltera es “solterona”, pero un hombre soltero es “soltero de oro”; una mujer que se acuesta con muchos hombres es una “puta, guarra, calientapollas”, mientras que en el caso contrario, hablamos de “Don Juan, crack, ligón”.
De igual modo, debería llover sobre la industria musical, largo y tendido, sobre las protagonistas de canciones que callan, toleran violencia e infidelidades, se muestran sumisas ante el hombre dominante o, lo que es peor, van tras él, como si el mundo dejara de existir sin su presencia. Que las nubes inunden el reguetón machista, pero también el resto de géneros musicales que por un segundo o un minuto, de manera rítmica y melódica, hagan creer a cualquier mujer que vale menos, que importa menos, que es menos.
Que siga lloviendo sobre el trabajo en el que una mujer, por ser mujer, cobra menos que el hombre. Que llueva sobre aquellos que despiden a mujeres embarazadas o no contratan a aquellas que deseen tener hijos e hijas.
Que diluvie por toda la lucha de las mujeres: las pasadas, las presentes y también las futuras.
Inundemos de igualdad este mundo para que un día, no exista este día. Para que un día, de verdad, podamos decir bien alto que, al fin, lo conseguimos.
0

Despedida

Resultado de imagen de valencia
Nunca me han gustado las despedidas, y no es sólo porque sea una chica de lágrima fácil y sentimientos a flor de piel. 
No me gusta decir adiós porque pienso que la vida no es una línea recta, sino una continua espiral que, en cualquier momento, nos puede devolver un recuerdo, una persona o incluso un lugar. 
Por tanto, esto no es un adiós, es un hasta pronto. Es, más que nada, un agradecimiento y un reconocimiento. A lo que eres. A lo que has sido. Y también a lo que me has enseñado a ser. 
La soledad ha supuesto la mayor de tus enseñanzas. Aprender a convivir con ella ha permitido que, finalmente, pudiera escucharme aunque el miedo al silencio ganase al principio la batalla. 
También me has regalado momentos mágicos y amistades que, cuando se crean lejos de la familia, resultan tan cruciales e intensas.
Y, entre el ruido de toda esa compañía, me has seguido ofreciendo la soledad precisa para no olvidar mi yo más profundo. Para poder saborear desde la reflexión todas las experiencias vividas y permitir que cada día fuera una nueva lección. Para no perderme de nuevo en otra persona que no sea la que siente, piensa y redacta estas palabras. 
Gracias a ti he conocido el AMOR en mayúsculas hacia mí misma. Porque el amor egoísta es el primero de los amores que todos deberíamos alcanzar. Y, de la misma manera que se contruye un edificio, comenzando desde abajo, me has vuelto a construir. 
Gracias a ese cimiento, he podido conocer el amor verdadero, el concepto real y no el idealizado, no el dependiente, no el que yo durante tanto tiempo me había machacado en el cerebro. Me lo has puesto en el camino y ha resultado ser él y no otro el que en ese momento y en ese lugar resultaba el conjunto imperfecto perfecto para mi. Porque ambos somos, juntos, dos conjuntos menos imperfectos.
Además, he alcanzado uno de mis mayores sueños y me he topado con una clase idílica que siempre permanecerá en mi memoria y en mi corazón como el mayor ejemplo de respeto, amor, curiosidad y ganas de vivir. 
Me llevo tantísimo de ti y siento que te he dado tan poco que por ello no puedo decirte adiós, sino hasta pronto. Porque te compensaré. Lo prometo. Volveré a ti, a perderme y encontrarme constantemente en ti. Volveré a parar el tiempo caminando entre tus calles, sonriendo a la vida y descubriendo tus más secretos lugares. 
 GRACIAS, VALENCIA


0

Cuando los defectos preceden al silencio

Hasta la persona más vanidosa del mundo sabe que, en el fondo, está llena de imperfecciones. 
Somos humanos, no máquinas. Las imperfecciones son nuestra razón de ser. 
Pero una cosa es reconocerlas uno mismo y, otra muy distinta, que te las señalen los demás. Más aún cuando esas imperfecciones descubiertas, esos defectos que marcan tu código de barras, tienen consecuencias. 
Que otros descubran tus defectos puede ser positivo. En ese caso, se sembrarán los cimientos de una buena relación. Porque en la tolerancia reside el amor, y viceversa. 
Pero cuando tus defectos quedan expuestos, y son difíciles de aguantar por las personas que te rodean, las consecuencias pueden ser nefastas. 
Y es que, el momento en el que las personas se alejan de tu lado debido a tus imperfecciones, la debilidad y la culpa pasan por tu mente. 
"Si ya sé cuál es mi fallo, ¿por qué lo repito?". "¿De qué sirve conocerse a uno mismo si no me puedo arreglar?". "¿Y si estoy diseñad@ para cometer una y otra vez el mismo error y ser consciente de ello?".
En definitiva, lo que nos importa verdaderamente no es paliar ese error, ni mucho menos la necesidad de ser perfectos. Ya nos hemos admitido a nosotros mismos con esas imperfecciones y estamos acostumbrados. La mayor preocupación que nos asedia es la posibilidad (bastante probable) de que vuelva a suceder. De volver a ver marchar personas de nuestra vida señalando con su dedo índice, acusadoras, aquellos defectos que les impiden continuar con cualquier tipo de relación con nosotros, y que nos catapultan a la casta más inferior y remota, aquella donde radica la soledad y la incomprensión. 
Algunos, algunas veces, utilizamos también nuestro dedo índice para recriminar a los que nos recriminaron, y recordarles que ELLOS TAMBIÉN SON IMPERFECTOS y que aún así tu les quisiste, les aceptaste, toleraste sus taras. 
Porque en todas las fábricas se cometen errores y todos sus productos siempre podrían ser mejores. 
Pero los dedos índice dejan el mismo sentimiento agridulce que conlleva a la resignación, a un estado de continuo fracaso en el que la frase estrella es: "Yo soy así, no puedo cambiar. No puedo caerle bien a todo el mundo. Ya habrá quien me aceptará".
Y en tu fuero interno aparece entonces esa gran preocupación de la que antes hablaba: "¿Y si los que me aceptan hoy dejan de aceptarme mañana? ¿Y si se acaba la tolerancia con respecto a mis defectos? ¿Qué hago entonces?
Y entonces... gana el silencio. 
0

Momentos trampolín


Hay momentos en la vida en los que necesitas un soplo de aire fresco que, de repente, te ponga en bandeja la clave de tu infelicidad, el ingrediente que te falta para comenzar a cambiar, o ese sueño anhelado que un día desapareció de tus objetivos y permanece guardado en algún cajón recóndito del alma. 
Yo los llamo momentos trampolín. De pronto, puedes ver el agua de la piscina. No olvidas la distancia que os separa, ni los riesgos que pueden suceder… Pero miras el agua y eres consciente de que está ahí. Tu meta está ahí. Y sí, todo puede salir mal, pero… ¿No habrá salido todo mal igualmente si te quedas toda la vida sobre ese trampolín?
El principal problema de ese salto tan peliagudo no es el salto en sí. Ojalá y lo fuera… Sólo habría un obstáculo que superar.
El mayor problema de todos es que, mientras te esfuerzas por superar tus propios miedos y lograr alcanzar TU meta (porque es sólo tuya y de nadie más), otros se encargarán de recordarte los riesgos, de minarte las ilusiones, de impulsarte al fracaso porque, sencillamente, no pueden entender que seas capaz de lograrlo.
No lo entienden porque ellos en su día también estuvieron en aquel trampolín, también se plantearon saltar, también sufrieron la presión de otros que no habían saltado, y acabaron retrocediendo y bajando las escaleras del trampolín con la cabeza gacha, creyendo que detrás de ellos estaba la realidad, y no delante, sobre aquella agua cristalina.
Ya dije hace algún tiempo, en un post sobre los sueños que escribí, que en esta vida sólo ellos nos pertenecen. Si dejamos que otros los destruyan, habremos destruido nuestro sentido en el mundo. Piensa que alguien debió soñar contigo para que hoy existieras. Fuiste un sueño para dos personas (o quizás más), y ahora eres realidad.
Así que vuelve a mirar el agua de la piscina. Tiene la temperatura ideal. Aprovecha este momento y salta. Salta ya. Mójate de realidad.  

3

La importancia de disfrutar

No sé si haréis este ejercicio muy a menudo; a mí me ayuda a entender todo un poco más. Es un ejercicio muy sencillo que no necesita demasiado y finaliza, al menos en mi caso, con una entrañable sonrisa. Es el ejercicio de las casualidades.
Comienzo pensando en el principio de todo, el momento en el que vine al mundo. Qué sucedió y cómo para que yo naciese. Un hombre y una mujer se tuvieron que conocer. Un hombre y una mujer, cada uno con sus vidas, se juntaron en un instante que se convertiría en días, meses y años juntos.
Si esa casualidad no hubiese existido, tú no estarías aquí ahora leyéndome. Yo no estaría aquí ahora escribiéndote. Tú y yo no seríamos ni proyectos de futuro, ni ilusiones ni sueños.
Me gusta pensar en las casualidades porque me ayudan a entender que, a veces, no tenemos el control. Y que cuando no lo tenemos, las cosas tampoco tienen por qué salir demasiado mal. ¿O es que acaso saliste tú mal?
Mi madre no tenía el control aquel día que conoció casualmente a mi padre. Nadie le advirtió que conocería al hombre de su vida y por él cambiaría de ciudad, dejaría su trabajo, abandonaría su lugar. Probablemente el miedo le habría abducido de haberlo sabido. Pero lo desconocía. Y le conoció a él.
Probablemente sus sueños fueran otros, así como sus ilusiones. Pero aquella casualidad (mi padre) los desbarató todos.
Y es que, a veces, perder el norte es la mejor manera de conocer el resto de puntos cardinales.
Las casualidades nos recuerdan día tras día que no hay un camino fijo en el devenir de nuestros días. De ser así, lo construiríamos sin baches, sin curvas, sin túneles. Sería un camino monótono. Como conducir de Alicante a Galicia con un BMW automático. Insulso.
Es aquí cuando llega la gran reflexión. Estamos llenos de miedos. Miedo a qué pasará, qué será de mi vida, quién seguirá conmigo y quién no... "¿Seré feliz?". Nos centramos en un futuro lleno de casualidades que desconocemos, de curvas que aún no han sido construidas, de fallas que originarán nuevos baches y de túneles oscuros, muy oscuros. ¿Nos sirve de algo ponernos a estudiar todas las posibilidades que tenemos de estar en ese mismo camino dentro de 10 años? Sólo nos sirve para perder el tiempo y dejar de disfrutar.
Disfrutar. Eso es lo más importante. Es el aquí y el ahora lo que tenemos, rebosante de posibilidades, anhelante de casualidades. No lo dejemos escapar. 
No le pongamos al presente los cuernos con un futuro desconocido.
Disfrutemos. Encontremos el tiempo perfecto a todo y todo será perfecto. 
0

Las historias


Cada segundo de vida esconde el inicio de una historia. Cuán aterradora o tierna sea, lo desconocemos. Es el devenir del tiempo quien nos muestra los giros que las cosas pueden tomar, las apariencias que las personas pueden dar y las consecuencias a las que cada acción nos puede guiar.
El problema es que a todos nos gusta ir rápido. A todos nos pudre el morbo de saber cómo va a acabar cada historia. El planteamiento de esta sólo nos mueve hacia el desenlace… Y el desarrollo de la misma nos importa más bien poco. Porque nos puede la curiosidad. Ansiamos saber si seremos felices, engañados, traicionados… O si, simplemente, no seremos.
Y es que ese es el peor de los desenlaces: un desenlace inexistente. Una historia sin él supone un desarrollo en el limbo… Un libro que no acaba, otro inicio que no aparece y el vago recuerdo de algún otro desenlace que, generalmente, no suele ser bueno.
El gran problema aquí es que no nos enseñaron que, igual que hay oraciones sin sujetos, también existen las historias sin fin. Porque lo realmente esencial en una historia es su protagonista. Y, a veces, la historia es demasiado buena como para acabar. 
0

Construyendo trincheras...

Desde que nacemos, nos vemos involucrados constantemente en una sucesión de guerras o pequeñas luchas en las cuales a veces somos aliados, pero muchas otras, enemigos. 

Enemigos del sistema, de determinadas personas, del lugar en el que nos encontramos, o incluso de nosotros mismos. Sentimos que no hay trincheras suficientes para apaciguar tanto hastío, que los momentos de bonanza no pesan sobre los de lucha. O que, simplemente, no llegan. 

Son escenas en las que el sufrimiento, agobio, frustración y desolación se apoderan de nosotros. Y no encontramos el sentido, no hallamos la manera de salir de ese hoyo y restaurar la paz que un día nos arrebataron (o nos arrebatamos).

La paz que menciono se puede sentir y vivir de mil maneras diferentes. Puede estar en el canto de un pájaro, en un amanecer con buena compañía, en una taza de café o en un zumo de naranja. La paz está en todas aquellas personas y  momentos que nos envuelven en una gran trinchera.

En estos tiempos de luchas constantes, hay que saber construirse trincheras de vez en cuando y aislarse de todo lo que nos hace daño para disfrutar de la belleza que en todo momento nos envuelve, aunque entre el humo de la pólvora y la frustración de la batalla, ni tan siquiera la veamos. 
2

Propósitos

No te lo propongas. No lo vas a cumplir. 

Ahórrate ese dinero en el gym, en terapias para dejar de fumar, en academias de estudios, clases particulares, en putas (los habrá que se propongan dejar de ser vírgenes... De todo hay en la viña del señor...). 

Iniciar años con proposiciones es como si de repente todos los políticos de este país decidieran devolver el dinero que nos han robado a día 1 de enero solo por "comenzar el año con buen pie"; o como si el pequeño Nicolás dejase de hacer de las suyas para ser un mortal más de la clase "ni-ni" que la ignorancia se ha atrevido a inventar. O sea, en términos comprensibles hasta para los seguidores de MHYV (Si no conoces las siglas eres un afortunado. Revísate el CI porque igual resultas un AC y tú por ahí sin saberlo...), imposible. 

La gente vive esperando cosas para hacer cosas. Nuestra vida se puede resumir perfectamente en eso: esperar algo para hacer algo. Acción, reacción. Esta es la esencia de nuestra existencia, y también el mayor de los errores que podemos cometer. 

Porque, ¿quién te ha dicho a ti, lector anónimo, que la acción está esperándote a la vuelta de la esquina? ¿Qué te has pensado que es esto, un videojuego en el que hay gente lanzando por ahí dardos o balas de acción para que tú reacciones? 

Imagínate a un tío que se dedique a eso (profesiones más raras se han visto). ¿Que hay un hombre gordo que no se mueve del sillón y ha dicho miles de veces de ir al gym pero su vagancia puede con él? Pues voy a meterle un supositorio de acción con un pequeño infarto. A ver si así se da cuenta de que lo que hay en sus venas son ríos y ríos de colesterol. 

Ahora imagínate que eso funciona. Que el gordo empieza a ir al gym, se siente espectacular, ayuda al consumismo renovando su armario y sube su autoestima estrepitosamente. Siempre dirá que ese "revés" que le dio la vida le hizo cambiar de hábitos. 

¿No hubiera sido más fácil y rápido haber sido consecuente desde el principio? ¿Necesitamos ese "revés" (el tío de los supositorios) para reaccionar? 

Así que si estás elaborando tu lista de propósitos, rómpela ahora mismo, quémala y tírala a la chimenea. No hay mayor propósito que ser protagonista de tu propia acción. 
0

Reflexiones de fin de año

A los humanos nos encanta pararnos a reflexionar. Unos más y otros menos, todos reservamos alguna porción de nuestro tiempo para pensar: ¿Qué he hecho? ¿He aprendido algo? ¿De qué me ha servido lo que he vivido?. 

Estas preguntas cargadas de participios no son más que prólogos de nuestro futuro, cuestiones a la incertidumbre que nos aguarda, bien para enmendar errores o para no cometerlos nunca jamás.

Las reflexiones nos ayudan a entendernos y a reducir esa sensación de no poderlo controlar todo que nos invade desde el minuto uno de vida hasta la muerte.

Estamos rodeados de ciclos. Nuestra vida es uno de ellos. La historia es cíclica, la economía también. 

Por eso, hoy, día de reflexiones, os invito a que veáis que este no es el único espacio reservado a mirar hacia atrás. Que hay muchos más ciclos que nos invaden. Que los errores cometidos en marzo no tienen que esperar a diciembre a ser evaluados.

Feliz año y felices reflexiones a todos.
2

Cuando te vas


Los hay que no tienen elección. Su huida es fruto de la desesperación por tener un futuro mejor.
Los hay que eligen. Y van tambaleándose, dudosos, sobre si hicieron bien o no. 
Seas del grupo que seas, tengas la edad que tengas, si te vas lejos de los tuyos sueles experimentar esto. Si no, qué suerte has tenido.

Cuando te vas de casa, de la casa de tus padres, de lo que hasta ahora era tu mundo conocido, todo empieza a cambiar. Se llama madurar. Aprendes que por más discusiones que tuvieras, los tuyos eran los tuyos; los nuevos jamás lo serán. 

Aprendes que lo que antes era tan normal, tan cotidiano, tan aburrido y tan asqueroso... Cuando estás fuera se transforma en "ojalá tuviera...", "cómo echo de menos...", "me encantaría estar allí".

Aprendes que a veces vas a estar solo y no vas a tener a nadie a tu lado. Y si lo tienes, nunca va a ser el mismo apoyo, lo mismo que has tenido hasta ahora. 

Lo peor de ese cambio, de ese inicio de estar fuera y lejos de los tuyos, es precisamente cuando te caes, cuando las cosas no van bien y todo se tambalea a tu lado. Le das vueltas a todo. Te cuestionas si hiciste bien yéndote o no. Te planteas volver. 

Pero aunque los tuyos sean los tuyos, aunque te sientas en casa, la vuelta no será igual. También ahí te sentirás en parte extraño, también añorarás tu libertad y el nuevo hogar. 

Yo lo llamo estar en el limbo del camino. En mi mente, se representa como un gran acantilado por delante y otro por detrás. Permaneces sobre una superficie pequeña, cuestionándote hacia dónde dar el salto. 

Se llama miedo. Miedo a lo desconocido, a salir de la zona de confort, en la que aunque no estés agusto, te sabes defender, te sabes manejar. Sabes lo que tienes y lo que no tienes. En cambio, dar el salto hacia adelante supone poder caerte. Supone descubrir que el suelo que vas a pisar es inestable. Consiste en asumir riesgos. Un riesgo que no asumiste al nacer, porque nadie te pidió que eligieras; eligieron por ti.
0

No les escuches. No prestes atención a esas voces que te niegan, que te restan, que pretenden saber lo que ni tan siquiera tú sabes. No se lo merecen. No se lo han ganado.

Dedícate a descubrir. Descubre por qué estás aquí. Descubre por qué ese aquí, y no otro aquí, te identifica. Haz un descubrimiento nuevo cada día. Puede ser cualquiera; la importancia se la das tú. No permitas que otros decidan si el descubrimiento fue mayor o menor.
   
Aprende a decidir. Decide siempre, en todo momento y en todo lugar. Decide hasta cuáles serán tus sueños con los ojos cerrados. Y luego decide tus sueños conscientes. Decide lo decidible y controla lo controlable.

No intentes abarcar aquello que no cabe entre tus brazos, que no ocupa a tu cerebro o que no atañe a tu corazón. Es una de las llaves para abrir la caja de la felicidad.

Cuando te topes con asuntos en los que tú no eres el conductor, sé un buen pasajero. Disfruta del viaje. Observa el paisaje. Escucha música. Estudia a otros pasajeros. Déjate llevar. Déjate fluir.

No te restes ni te dividas. Si el resultado va a ser menor, no merece la pena. Multiplícate (pero no por cero), súmate (a otros, a ti mismo… No importa. Sólo realiza la operación). Opera sin descanso. No hay problema mayor que el que no precisa operación.

Y sobre todo y ante todo, nunca dejes de buscar. Siempre hay algo perdido, siempre hay algo que encontrar. 

Porque eso es la vida… una improvisación planificada, pero sin plan. 
0

Querido Kit Kat:

Dicen que en la vida hay un número muy limitado de personas que ejercen un gran peso sobre ella. Que para bien o para mal, te influyen de tal manera que, tras conocerlas, siempre hay un antes y un después. Son las personas que yo denomino “kit-kat”, porque suponen como una pausa, temporal o larga, muy larga; y porque rompen la monotonía y la forma de ver la vida que llevas hasta ese momento.

Sean personas duraderas o pasajeras, están ahí por algún motivo. Aparecen también misteriosamente en el momento preciso, como si algo o alguien tramase el guión de la obra de teatro más grande de todos los tiempos: nuestra vida.

Las personas kit-kat que cambian tu vida para mal se convierten en enemigos, en las más horribles pesadillas, sobre todo cuando se ha acabado ese paréntesis y uno se queda que no sabe por dónde tirar, que no recuerda de qué camino venía ni por cuál debe continuar.

Sin embargo, todo tiene una razón de ser. Todo lo que nos sucede, sea para bien o para mal, son simples piezas que conforman el puzzle del Ying Yang, en el que siempre hay algo blanco en lo negro y, a su vez, algo negro en lo blanco también.

Porque es así; porque estamos subidos a una montaña rusa desde que nacemos. Y cada centímetro que recorremos sobre el vagón chirriante forma parte de una magnífica aventura.

Es cuando empiezas a entenderlo, cuando por fin sonríes ante la vida porque te has enamorado de ella, y no para que te envíe al amor que te mereces, cuando aparece ante ti ese kit-kat precioso de color blanco que mejora tu puzle.

Espero y deseo que tú, querido kit-kat blanco, seas parte de mi paréntesis más largo y que me acompañes, como mínimo, hasta el punto final de esta montaña rusa, que chirría menos contigo a mi lado.
3

Cuando el Amor se marcha con vuelta abierta


 

Porque cuando el Amor se marcha, queda un vacío más abstracto aún que el término. Tenemos durante un tiempo la sensación de que nos falta un brazo, una pierna, un ojo... Nos invade la soledad. 

Hace ya tiempo que tenía ganas de hablar sobre este tema. Las relaciones de pareja no son ya lo que eran. Pocas parejas duran toda la vida como antes, ni sin hijos ni con ellos de por medio. Nos hemos vuelto poco tolerantes al otro, poco dóciles. En la búsqueda de la independencia de la mujer, a los hombres parece también habérseles contagiado cierta adicción a la individualidad.

El respeto y la comunicación parecen estar de vacaciones forzadas y, sin ellos, la vida en pareja no puede seguir con la misma facilidad. Es así como el Amor comienza a desgastarse; es de esta manera en la que decide sacar un billete con vuelta abierta y desaparecer.

Lo más llamativo de su desaparición es la rapidez con la que lo hace. No suele despedirse, ni preparar maletas durante largo tiempo. Sólo se despedaza de golpe un día, se da cuenta de que no puede arreglarse, y se marcha.

Y probablemente lo más angustioso de todo no es su ipso facta ausencia, sino esa vuelta interrogativa, la espera del Amor restaurado de nuevo en nuestras vidas.

El tedio que genera la espera de ese Amor que nos permita amar y ser amados es muchas veces infumable. Algo que mucha gente desconoce es que los sentimientos están ligados y viven bajo el mismo techo. En numerables ocasiones, para tener uno debemos haber conseguido otro anteriormente.

Y eso, en definitiva, es lo que hace el Amor cuando se marcha. Dejar que el tiempo restaure otros sentimientos para definir la vuelta y no tener que marcharse de nuevo sin avisar.

Y es que, al final, el único fármaco que podemos recetarnos para curar nuestras heridas en profundidad es el Tiempo. No hay otro más eficaz.

INFANCIA

http://necesitodetodos.org

Oler la hierba. Mojarse bajo la lluvia. Saltar sobre los charcos. Sonreír hasta que te duelan los mofletes. Dormir acurrucado a tus padres o a tu peluche preferido. Llorar porque no encuentras tu muñeco, porque se te ha roto una Barbie o porque un amigo te quitó tu mejor cromo o tazo. 

La infancia está llena de momentos mágicos que se recuerdan generalmente con cariño. Se recuerdan porque forman parte del pasado, de nuestro pasado, pero rara vez se les hace caso. 

Por lo general quedan como "momentos intocables" en la alacena de nuestra memoria y, además, parecen haber sucedido siglos antes (un saludo aquí a mis amigos "FILÓSOFOS"; ellos saben quiénes son) y no tener NADA que ver con lo que ahora somos.

Revivir esos momentos suele ser sinónimo de inmadurez, de "infantilidad". Hay un cierto pensamiento en la sociedad que nos dice que no podremos ser maduros hasta que no dejemos de comportarnos como niños. Pero, yo digo, ¿es necesario renunciar a todo comportamiento de niño? ¿Es realmente necesario renunciar a todas las cosas que nos llenaban, que nos hacían inmensamente felices, sólo porque éstas forman parte de la infancia?

No hace falta que me respondáis. La respuesta es más que evidente: NO. 

Renunciar a hacer todo lo que nos gustaba hacer de pequeños es renunciar a nosotros mismos. 

Recuerdo que un día, cuando estaba acabando la Educación Secundaria Obligatoria, entró un orientador a nuestra aula para tratar de despejar nuestras dudas y quitarnos algo de presión sobre qué estudiar y cómo encauzar nuestras vidas a partir de ese momento. Digo quitarnos peso porque para un estudiante de 16 años, que apenas ha vivido, decidir qué quiere ser es una responsabilidad tremenda. 

Me quedé de su discurso con esta frase: 
Para saber qué queremos hacer en nuestro futuro es de gran ayuda pensar en qué era lo que más nos gustaba hacer en el pasado. Os aconsejo que penséis en los juegos a los que solíais jugar, cuáles eran vuestros preferidos. Ahí tendréis la clave sobre qué hacer con vuestras vidas. 
Creo que ese fue un momento muy crucial en mi vida, porque por primera vez miré hacia mi infancia con añoranza y con la posibilidad de ver algo de ella reflejada en mi futuro. Recordé mis juegos, que básicamente consistían en sentar a mis peluches sobre la cama y explicarles asuntos de verdadera importancia, como sumar, restar o dibujar. Me vi leyéndoles cuentos y cuidando de mi nenuco con todo el amor del mundo. Y lo tuve claro. 

Ahora que soy maestra, ahora que enseño a niños y no a peluches, puedo decir que en mi presente tengo aún cierto reflejo de mi infancia. Este es mi consejo para vosotros. No perdáis nunca ese reflejo, esa similitud con vuestro pasado. De lo contrario, no habrá espejo en el que mirarse. 

0

Cuando el amor viaja con vuelta abierta

0

El silencio


El silencio nunca es silencio. ¿Qué es silencio? Es como describir el vacío. Pero no podemos decir que no existe. En efecto, el silencio existe, solo que nunca se habla sobre él, no se tiene certeza de qué es, no se concreta muy a menudo. Y muchas veces nos genera confusión. Se nos pierde en lo abstracto del término.

A mí me gusta decir que el silencio es el eco de nuestro ser. Como bien nos dice el mensaje de la fotografía, solemos tener miedo al silencio. Vemos en él una soledad indeseada, una pérdida de tiempo o, peor aún, el sentimiento de que no lo estamos administrando correctamente.

Pero en realidad dedicarse silencio es la mejor manera de conocerse a uno mismo. Taparse los ojos, la nariz, los oídos y la boca. Adentrarse en la burbuja de nuestra vida, de nuestra experiencia, es la mejor terapia. El mejor regalo que nos podemos hacer es un minuto de silencio. Y debemos hacerlo.

Guardad todos un minuto de silencio por vosotros mismos. Es la mejor forma de homenajearos. Por vuestro pasado. Por lo que sois ahora. Y por lo que estáis en camino de conseguir.  

0

NUESTRO MUNDO

Vivimos en un mundo en el que la reflexión y el cambio son escasos. 
En nuestro mundo, el estrés y la falta de tiempo son nuestros únicos motores y engranajes. 
En el mundo en el que vivimos, las puestas de sol se proyectan para un público cada vez más reducido. 
En este mundo, las lluvias de estrellas ya no se estrellan sobre casi ninguna cabeza. 

Vivimos en un mundo en el que un billete es más valioso que una sonrisa o un abrazo. 
En nuestro mundo, el reflejo que proyectamos se ha vuelto más importante que nuestra imagen original.
En el mundo en el que vivimos, lo gratuito es secundario y, a veces, incluso invisible.
En este mundo, no encontramos momentos para decir las cosas importantes, aunque los tengamos siempre a nuestro alcance. Y cuando realmente no existe más tiempo es justamente cuando valoramos el tiempo que perdimos.

Vivimos en un mundo en el que eres más por poseer más, y no por haber dado o vivido más. 
En nuestro mundo, las moralejas se aprenden y se olvidan, pero rara vez se aplican.
En el mundo en el que vivimos, el amor se ha vuelto efímero y la soledad le está ganando terreno.
En este mundo, seguimos sin darnos cuenta de que el motor del cambio está en nosotros mismos. 

Vivimos en un mundo en el que lo esencial es invisible a los ojos...


0

Historias breves ilustradas

Como ya comenté en el post anterior, una imagen no vale más que mil palabras. Pero, ¿y si esta imagen conllevase también unas cuantas? El resultado sería una pequeña historia ilustrada. Es jugar a adivinar lo que el fotógrafo quiso decir. Jugar a inventar que fuimos aquel fotógrafo, que conocimos el paisaje o al modelo que allí se retrata. 

Se me ha ocurrido la idea de crear una historia breve ilustrada cada semana. Esta es la primera. Espero vuestras opiniones:


0

Jaime Sabines


No soy yo muy dada a la poesía. Las incursiones que he realizado como escribidora en la rama de los escritos en verso han sido más que penosos; pero eso no quita que no sepa valorar una buena poesía o un buen poeta. 

Escribir poesía es muy complejo, porque no se tiene en cuenta únicamente el mensaje, sino el sonido que ese mensaje produce, la métrica, la rima... Es un sinfín de herramientas las que se deben utilizar correctamente para que la poesía quede perfecta a oídos del lector, que me abruma que haya gente capaz de lograrlo con tanta sencillez.

Uno de mis poetas favoritos es Jaime Sabines. En concreto, la poesía "Espero curarme de ti" me conmueve cada vez que la escucho. Os dejo el vídeo para que lo disfrutéis si aún no lo habéis hecho. 


0

Si hay algo que...


… nos hace aprender, luchar, sonreír, llorar, arrepentirnos y superarnos a nosotros mismos, ese es el pasado. Mirar hacia atrás puede provocar una montaña rusa de emociones difícil de explicar. Y, contra toda frase hecha o consejo popular, mirar hacia atrás es necesario y siempre, siempre, inevitable. Aunque sintamos el alcohol penetrar en heridas abiertas y sólo queramos apartarlo. Aunque no encontremos porqués que justifiquen los acontecimientos.
Lo vivido en el pasado nos enseña a construir nuestra identidad (que no a cambiar nuestra personalidad), y nos invita a vivir un presente con más confianza hacia la vida y a tener la idea de un futuro más encauzada que la que habíamos tenido tiempo atrás.
Sin embargo, mirar al pasado a menudo encierra la posibilidad de entrar en el terreno pantanoso de los “y si…” y de los “qué hubiese pasado…”; grupos de palabras terriblemente peligrosos para que una mente mortal como la nuestra los pueda soportar. Grupos de palabras que encierran tanta incerteza e inseguridad como tirarse de un trampolín sin poder ver la piscina.  
Hay que evitar esto. Porque las posibilidades de un pasado diferente ya no pueden ser más que eso, posibilidades. Porque lo único que no podemos cambiar es, precisamente, nuestro pasado. Y porque pensar en ellas constantemente nos hacen cometer el segundo mayor error humano: vivir en el pasado; lo cual supone vivir en el parque de atracciones de las emociones de tu vida, estancarte en arenas movedizas de forma voluntaria y mirar el reloj del tiempo con indiferencia.
Como decía Lizzie Velásquez, tú eres el que llevas el volante de tu vida. Y yo añado que, a veces, es necesario mirar por el espejo retrovisor, pero que un camino siempre se sigue hacia delante.  

Back to Top